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Primer Lugar Nacional Concurso "Historias de Nuestra Tierra": El pan nuestro de cada día.



La Rosa estaba amasando. El pan requería de toda su atención, pero ese día, mientras el gallo cantaba, sentía que su mente estaba en otra cosa. Comprobó la temperatura de la paila con manteca y la vertió en medio de la harina. Una pequeña nube de vapor se irguió sobre la blancura esparciendo el olor húmedo de la levadura germinando.

Afuera, la mañana clareaba en tonos azules, tristes como la sombra que la envolvía. Desde el cuarto de al lado se escuchaba la respiracion de su hijo y los ruidos que hacía el Lucho arreglando sus pilchas. Que se fuera luego para seguir con su vida mejor. Las manos llenas de harina le salpicaron el rostro cuanso se secó el sudor con la manga. El calor del brasero la abrigaba pero no alcanzaba a entibiarle la desazón que tenía en los huesos. Los pasos resonaron a su espalda haciendo que los músculos se le agarrotaran con cada sonido.



-Ya, Rosa. Me voy -dijo él, parado en la puerta de la casa. El umbral siempre le quedó un poco bajo y debía agacharse para entrar. Igual que para besarla pero eso ya no lo haría nunca más, ni entrar por esa puerta, cruz pa'l cielo.- No me quiero ir.

Lo miró directo a los ojos. Secos, sus ojos debían mantenerse secos. Escondió las manos en el delantal para que no viera cómo tiritaba rogando a Diosito que no le temblara la voz tampoco. La sangre gritaba "Quédate".

-Váyase -dijo y le hizo un gesto hacia la puerta. La saliva se le volvió amarga pero se obligó a tragarla.

-Pero, Rosa... -alargó la mano tratando de tocarla. A ella, eses intento le dio náuseas.

-Na' de Rosa aquí. Usté no tuvo ni un empacho en meterse con esa peuca. Pues se me manda cambiare no más -y le dio la espalda.

Ella no vio cómo la culpa apagó los ojos del Lucho que junto con bajar la cabeza, bajó los ojos. Tampoco vio la rosa que dejó en el umbral. El Cholo ladró cuando su dueño cruzó el patio lleno de pollos madrugadores.


El ruido de la puerta al cerrarse la empujó al suelo, quebrada por dentro, con un dolor en los huesos que se negaban a sostenerla. Respiró hondo; no lloraría, por Dios que no lloraría. Tragaba aire en el intento de librarse del sollozo que rugía en su alma. Aferrada a la mesa, se levantó.

La masa estaba fría, debía echarle agua de nuevo. Tomó la tetera directo del brasero y no sintió el calor de la manilla. Tampoco escuchó los pasos pequeños, cortitos, de su hijo, hasta que llegó a su lado y tiró del delantal.

-Mamita, no llore. Yo la voy a cuidar.



Y en esos ojos iguales a los del Lucho vio tantas promesas, tanto amor y lealtad que supo que saldría adelante aunque tuviera que partirse el lomo amasando.

-No estoy na' llorando, mijito. Es la humareda que me molesta no máh -La sonrisa de su hijo le devolvió algo de paz y se sintió más liviana. -Ahora lávese las manos pa' tomar desayunito que el pan ya va a estar.

Sí, la masa estaba fría. Pero lo peor ya había pasado. En una tierra de huachos quedarse sola era el pan de cada día. El canto del gallo la conectó con la vida.

La Rosa siguió amasando, el Cholo ladró otra vez y la masa se entibió con lágrimas que ella, en un acto de valentía, prefirió ignorar.




Tercer Lugar Concurso "Mi vida, mi trabajo": El Tren de las Ocho


Las duras suelas de sus botas hacían mover las piedritas al costado de los rieles que sonaban como cascabeles mientras caminaba. Juan se movía con soltura. Los largos brazos se balanceaban con la energía del que sabe lo que hace.


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El sonido de esas piedras le recordó cuando, unos años atrás, debía atravesar la línea del tren con los zapatos rotos, el frío calándole los huesos y la bolsa del hambre enrollada bajo el brazo, dispuesto a esperar horas en la fila de abastecimiento en el club social. Su hermano decía que era necesario, que la revolución valía los sacrificios, pero a él no le importaba. En esos años de sus ojos salía rabia. Y esa rabia lo alimentaba. Rabia de ver tantos rostros cansados, humillados igual que él esperando un kilo de pan o un litro de aceite. La rabia de las piedras en el suelo para cuidar el puesto mientras se iban a otra fila, igual o más larga, sin saber qué se repartía pero lo que fuera, era algo que se necesitaba. La rabia que le calentaba el cuerpo durante las horas de espera, le movía las piernas para llegar más rápido a la casa mientras su mujer cuidaba a los niños que lloraban de hambre porque no había ni leche para darles.

Levantó la linterna y los vagones comenzaron a tomar forma. Oscuros, tétricos, esas moles de madera y fierro le eran tan conocidas como su propio uniforme. Hijo de funcionario de ferrocarriles, habían ingresado a la empresa con apenas 15 años a hacer los recados. Su hermano llevaba dos años más y era ayudante de conductor. Pero Juan había hecho de todo. Desde limpiar los durmientes hasta banderillero de cruce. Quería a esas piedras, a las maderas y a los cables como si fueran una extensión de sí mismo.

La vida de Chile transcurría en esos rieles y Juan, a sus 30 años, había sido un observador atento y silencioso. Vio los vientos del cambio antes de que llegaran. Divisó al candidato eterno levantar sus banderas y fue testigo de cómo, año a año, elección tras elección fue ganando electores. Los andenes no mienten. Y también supo del inicio del fin. Vio llegar desde los campos a miles de campesinos que se instalaron en las orillas de las líneas con sus casas de cartón y pizarreño. Vio a los niños corriendo descalzos por el barro que saltaban los rieles para ir al colegio que no era otra cosa que buses acondicionados. En ese tiempo él también le creía al candidato y con su hermano votaron felices por el futuro, pero cuando el dinero solo servía para encender el brasero, cuando no había remedios para los enfermos ni pan ni arroz, ya no le creyó más.

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Al fondo de la estación, la luz de la cabina de vigilancia se difuminaba en la sombra creando la sensación de un velo en el techo de los vagones.

Y después llegaron los militares. Así como esa luz iluminaron el territorio y sacaron a los comunistas de todos los rincones del país. Ellos corrieron a las fronteras como ratas y se fueron mientras los almacenes al fin podían vender comida. Ya no faltó el pan ni la leche y Juan respiró más tranquilo. Hicieron bien los milicos; había que poner orden a la cosa porque los bolcheviques querían hacer de la patria una nueva Cuba. Eso decía el capitán Castro, ahora jefe de la estación donde trabajaba Juan y si lo decía el capitán, pues era cierto.

Era bueno el capitán. Lo primero que hizo cuando le asignaron la estación, fue mandar para la casa a todos los del sindicato. Juan, que nunca quiso meterse en esas cosas, se quedó. Su hermano Claudio, fue uno de los primeros en salir. Le pidió un poco de plata para los pasajes y en el tren de las ocho partió al sur.

—Si necesitas algo, avísame— le dijo Juan en la estación. Podían pensar distinto, pero era su hermano. Dos años habían pasado y nada se sabía de él.

—Y tú, negro, ¿quieres servir bien a tu patria o prefieres irte con tu hermano comunacho?— dijo el capitán mirándolo fijamente a los ojos. Solo quedaban 6 trabajadores puestos en fila, uno al lado del otro, e iban respondiendo a las preguntas del capitán. En la puerta de la oficina, un soldado fusil en mano escoltaba a los que, a una seña del capitán, se tenían que ir.

—Lo que yo quiero es trabajar, capitán. Lo que haga mi hermano es cosa de él— contestó Juan con voz segura.

Y comenzó a hacer carrera en ferrocarriles. Trabajó como siempre lo había hecho, obediente y callado. Si tenía que subir a las torres de alta tensión para verificar el voltaje, se ponía su cinturón y lo hacía. Si le decían que faltaban repuestos para la máquina, pues lo compraba y rendía sagradamente los vueltos. Mientras le pagaran su sueldo, no se quejaba. Ya estaba juntando platita para comprarse una renoleta y así pasear con su mujer y sus niños por el parque los domingos.

La estación estaba silenciosa. Los guardias del tren de la tarde estaban apostados  sin diligencia alguna porque nunca pasaba nada  digno de mención a esa hora. El tren llegaba con su carga, descansaba en la estación y partía temprano en la mañana para abastecer al sur. Las cajas de frutas y los sacos de harina no hacen alboroto.

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A los soldados los conocía a todos. Eran apenas unos chiquillos que hacían el servicio militar. Estaba el Lucho, que fumaba Hilton y cuando estaba de guardia, se sabía donde andaba por el humito del cigarro; el Ernesto, de mechas tiesas y ojos oscuros que siempre hablaba de su polola en el norte y de que se casaría con ella cuando terminara y el Mauri, que se creía oficial y no le alcanzaba ni para cabo. Ese estaba medio tocado porque cuando estaba de guardia se ponía a marchar de un lado para otro y por cualquier ruido apuntaba con el fusil. Decían los demás que era así porque quería ser comando y tenía que demostrar que estaba preparado. Esa noche estaba el loco Mauri y el ruido de sus botas se escuchaba incluso donde estaba Juan entre los vagones del tren.

Juan se acomodó el cinturón, afirmó la linterna con los dientes y puso las manos en la puerta para entrar, de un empujón, en el vagón abierto. De cuerpo ágil, los músculos delgados se movían sincronizadamente generando un calor bienvenido. El olor a humedad y encierro se sintió espeso en contraste con la frescura de la noche. Con la linterna en la mano comenzó a revisar el contenido de las cajas.

Una semana atrás el capitán Castro lo había llamado a su oficina.

—Mira negro— le dijo mientras soltaba el humo del cigarro, —el orden es primordial para que el país surja y cuando ese orden se quiebra, cuando los de abajo se creen superiores, todo entra en caos, el sistema cae y se rompe la institucionalidad–. Se detuvo para fumar de nuevo. Soltó el humo despacio, mirándolo subir y luego dejó el cigarro en el cenicero —Por eso tuvimos que intervenir, para poner orden. Pero no podemos hacer todo, necesitamos de los civiles con buena voluntad y amor a la patria, como tú—. Le indicó con la mano la silla de enfrente, Juan se mantuvo de pie  —Haz demostrado ser de confianza, Juan. Así que hablé con mi comandante y le informé de tus servicios. Ahora tendrás otras funciones—. Terminó diciendo con una sonrisa esperando la reacción festiva de Juan. Como ésta no llegó, agregó —Ganarás más platita y te podrás comprar la renoleta.

—Muchas gracias, capitán Castro— fue lo único que dijo Juan antes de dar la vuelta. Y una sonrisa asomó al salir de la oficina cuando se imaginó la cara de felicidad de su mujer.

Y en eso estaba, en sus nuevas funciones. Lo que tenía que hacer era revisar cada vagón de los trenes de carga e informar cualquier detalle extraño. No sabía qué era lo que esperaban que encontrara pero él revisaba e informaba. Así que empezó a mover las cajas para contarlas según el detalle que enviaron desde la estación anterior mientras se escuchaban los pasos del loco Mauri a lo lejos.

Era ya el sexto vagón y estaba un poco cansado. Los brazos le pesaban cuando se empujaba para subir pero no se quejaba. Era fácil, era tranquilo y le pagaban. No pedía más. El saco de papas estaba arrimado contra el muro del vagón y unas cajas de tomates. Se veía un poco extraño pero como estaba oscuro a veces se confundían las sombras. Dejó la linterna sobre unas cajas y tomó el saco para ordenarlo. Y el saco se quejó. 

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Juan detuvo el movimiento e iluminó el bulto. Eso no eran papas. Las papas no se movían. El corazón le explotó en un latido que lo dejó sordo a los otros ruidos pero escuchaba la voz de su hermano en su mente cuando le contaba que los militares eran asesinos, las voces susurradas de los vecinos contando sobre desaparecidos y fugados en la noche. Se le aparecieron las sirenas del toque de queda y los gritos sin explicación que se oían fuera de su casa. Él se tapaba con las mantas hasta la frente, cerraba fuerte los ojos y se concentraba en las labores del día siguiente mientras sentía temblar el cuerpo cálido de su mujer también en silencio. Con dedos temblorosos tomó el saco y lo movió. El quejido se hizo más fuerte y un sudor frío le corrió por la espalda. Miró alrededor y recordó que estaba dentro del vagón, en la estación; los pasos del loco Mauri se escuchaban como un repique.

Un instinto más grande y más antiguo lo obligó a abrir al saco y  mirar dentro. La visión le apretó el estómago. El hombre tenía el pelo negro pegoteado de sangre, la piel pálida y los labios rotos por donde apenas salía un poco de aire. Los ojos hundidos lo miraron con dolor cuando la luz le dio en la cara.

—Ayúdeme— dijo el hombre sacando las manos del saco. Tenía los dedos ennegrecidos en las puntas y marcas en las muñecas. —Ayúdeme, por favor. Tengo que llegar al sur.

—¡Pero qué hace usted aquí!— las cajas detrás de Juan crujieron cuando su cuerpo chocó con ellas.

—No, por favor, no diga nada…—El pobre cristiano hacía visibles esfuerzos por respirar —No lo molestaré.

Las manos del hombre se aferraron a las de Juan. Estaban frías como la muerte y un escalofrío subió por su brazo erizándole los vellos.

—Suélteme—  dijo Juan, espantado. El estómago se le revolvió de miedo. Se vio a si mismo enfrentando al capitán Castro, incapaz de explicarle el contacto con esa rata comunista. Pero las manos que lo sujetaban eran como garfios en su camisa y no lo soltaban. Tiró con fuerza y el brazo del hombre cayó pesado sobre sus piernas.

Estaba hecho un ovillo, seguramente entumecido por la postura forzada durante tanto tiempo. A intervalos, el rostro se le congestionaba de dolor, sobre todo cuando tomaba aire muy profundo. Algo dentro de Juan lo impulsó a justificarse.

—Tengo que cuidar mi pega ¿entiende?— una vez más la rabia habló por él — Eso les pasa a ustedes por andar alborotando. Mi capitán dice que todos ustedes son iguales, lo único que quieren es hacer la revolución.

—La revolución… ya no sirve—. Una sonrisa triste lo volvió joven de nuevo. Luego se ensombreció marcando surcos profundos en su rostro, con la mirada perdida en lugares a los que nadie más podía llegar — Nos aplastan, nos matan.

El silencio se llenó de horrores impronunciables que Juan fue incapaz de soportar.

—Yo… yo… yo tengo que informar… — dijo Juan moviéndose hacia la puerta del vagón.

—El compañero Claudio … dijo que me ayudaría—. Las rodillas de Juan se convirtieron en agua, un golpe seco en el pecho le impidió respirar —“Dile a mi hermano que lo quiero”, me dijo.

—El Claudio está en el extranjero— repitió sin creer lo que decía. Su voz sonó plana hasta para él mismo, pero lo que ese hombre insinuaba, no podía ser cierto.

—No amigo, el compañero está encerrado—. Juan lo tomó por los hombros con fuerza —Está… en Tres Álamos —. No se daba cuenta que apretaba más fuerte al hombre pero el movimiento de su cuerpo hizo que lo soltara —Él dijo que usted era buena gente y me tiró pa’l tren.

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Los pasos del loco Mauri ya estaban bajo el vagón. El hombre se encogió como pudo dentro del saco y se quedó en silencio. Juan alcanzó a mover la linterna.

—Tanto que te demorai, poh negro– dijo el loco subiendo al vagón –¿te quedaste conversando con las zanahorias?– se detuvo frente a Juan y lo miró con sospecha –¿pasa algo? Estai raro…

Seguro que el oído de comando del loco Mauri escuchaba la respiración del hombre en el saco. Juan la escuchaba como si hubiese corrido una maratón. Y los latidos de su propio corazón retumbaban en sus oídos tan fuerte que le daba un poco de vértigo.

—No me pasa nada, es que estoy cansado— dijo intentando sonar tranquilo. Si decía cualquier cosa, seguramente el loco se llevaría al hombre y la única posibilidad de saber de su hermano. Pero si no decía nada y lo pillaban, estaba frito. Se acababa la pega, la familia y la renoleta. No habría nadie que cuidara de su mujer ni de sus hijos. Él nunca había sido de decisiones precipitadas y en ese momento, la vida se decidía en un segundo. Sí, mejor le decía al loco y se terminaba la cuestión. Cada uno debe cuidar a su familia y a sí mismo; si su hermano y sus amigos comunistas no lo entendían así, era problema de ellos. Mejor hablar y todo seguiría como antes. Se enderezó y tomó la linterna.

—¿Y qué te pasó en la mano?— preguntó el soldado.

Juan se miró. Levantó la mano y vio manchas rojas en sus dedos. Era la sangre del hombre, de sus heridas, de su vida. Tenía las manos manchadas con la sangre de un hombre, literalmente.

Miró al Mauri. Las piernas separadas, las manos en el fusil y la mirada oscura, con un brillo anormal en los ojos. De pronto el peso que tenía en el pecho se hizo más liviano. La voz le salió firme al hablar.

—Puta que soy huevón, me corté con una caja; ¿tení un parche curita?– el otro negó con la cabeza —¿me podí ir a buscar uno mientras ordeno las cajas?

—¿Y te creí que me podí mandar, negro? Acá nosotros damos las órdenes– Adelantó el cuerpo y chocó con una de las cajas. Juan le sonrió y bajó los ojos al desafío. Había que andarse con cuidado con el soldado.

—Eso lo tengo claro poh Mauri, si es porque te moví más rápido que yo, no más. Además, el botiquín está en la oficina del capitán Castro y yo no puedo entrar ahí.

—Está bien— dijo luego de una pausa evaluadora, algo no le cuadraba pero como no era de muchas luces, no sabía qué pensar —pero gánate más allá para no tener que caminar tanto, mira que tengo que vigilar toda la estación. Y dejai bien ordenadas las cajas, ¿me oíste?

Los pasos se fueron alejando. Juan giró su cuerpo y en un solo movimiento, la tensión salió por su boca en una arcada que lo partió en dos. Limpiándose con la manga, todavía sudoroso, movió las cajas para dejar cubierto el saco. Antes de irse el hombre le habló.

—Gracias, compañero—. El miedo y el alivio todavía luchaban en los ojos del hombre.

—No me diga na’ compañero–. Una mano fría sobre su brazo se apretó en agradecimiento, él devolvió el apretón –Más tarde, apenas pueda, le traeré un pancito. No se baje en la siguiente estación, es San Fernando y también está vigilada. Bájese en Población, que es más chico y ahí se puede esconder en los cerros unos días.

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A la mañana siguiente el tren partió y el capitán Castro nunca se enteró del sobrecargo. Pasaron los días y encontró otro bulto. Y otro. Y otros más a lo largo de los años. Los bultos a veces llegaban muy mal; incluso hubo uno que no siguió el viaje. Tres veces estuvo a punto de que lo pillaran, pero salvó por poco. Fueron los bultos quienes le dieron cuenta de la suerte de su hermano y pese a que él no iba a regresar, Juan siguió revisando los vagones y cuidando el tránsito. Rechazó dos veces el ascenso diciendo que le gustaba trabajar de noche. Y cuando al fin llegó la democracia, se retiró. Esa tarde subió él al tren de las ocho, llegó hasta la costa y miró el mar. No había tumba donde ir a ver a su hermano o fosa donde ir a rezarle. Así que miró un rato el ir y venir de las olas mientras pequeñas gotitas de sal le salpicaban el rostro. Respiró hondo. Donde estuviera, seguro Claudio lo estaría mirando.  Levantó la cara al cielo y sonrió. “Te quiero, hermano”, dijo despacio. Había cumplido.

Mención Honrosa Concurso Rancagua Simplemente: Sin Palabras

No puedo hablar. Sentada frente al ventanal, veo como se desgastan los días de mi mudez todos iguales, salvo por el sol que a veces está enfrente y otras está escondido tras las nubes. Las casas unidas en los costados parecen un hormiguero gigante que descansa en medio del desierto. Mis hijos y mis nietos son de esas tantas hormigas que entran y salen. Yo los miro en silencio porque en silencio vivo y aunque me dicen que les hable, que lo intento esa es la verdad, sigo sin poder hacerlo.




Tal vez se me gastaron las palabras entre las miles que dije a lo largo de noventa años. O tal vez, ya las olvidé, desde que pensaron que era sólo un mueble que poner frente a la ventana y dejaron de hablarme con cordura. No sé. El hecho es que se me cierra la garganta y no sale ningún sonido.

Miro mi reflejo en el vidrio y a veces soy joven y bella. Una sombra se sienta a mi lado y toma mi mano. La misma mano que tomé durante 53 años y que ya no está. Pero igual sonrío al recuerdo y me veo bailando al son de la orquesta en el Casino Braden cuando íbamos con los amigos. O descansando bajo los árboles de la plaza con la Banda del Regimiento tocando en la glorieta. Qué hermosura de plaza teníamos, no una llena de cemento como es ahora. Recuerdo sus piletas que salpicaban de agua a quienes pasaban cerca y sus árboles gigantes que se veían a la distancia. Bajo uno de esas largas sombras le di el sí a mi novio de entonces. Si, fui feliz.




La vida nos estacionó en una población nueva, Rancagua Sur le pusieron y crecimos con sus árboles y sus edificios. Los niños se hicieron hombres y se fueron; luego llegaron los nietos y los ruidos. Aprendí a estar sin mi viejo, a dejar de contar dolores  y a no esperar más que la muerte. Esa también puede ser una razón para no hablar. La espera se hace larga y a veces cansa, pero qué se le va a hacer.

Hace un rato, trajeron a mi última bisnieta. Es hermosa, tiene unos ojos redondos como dos botones negros que me miraron el alma. Tomé su mano y supe en ese instante que haríamos el cambio de turno ella y yo. Me sonrió. Y fue tanta mi alegría que las cuerdas vocales se movieron y con voz arrugada de no usarla le di mi bendición. La bebé me miró con esa fijeza con que sólo los bebés miran, como si entendiera todo y cerró sus ojitos de uva madura. Yo también cerré los míos y descansé.




Escucho unos pasos suavecitos, la mano que se posa sobre mi hombro la conozco de memoria. Ya no tengo arrugas, ni dolores ni pesares. Siento en los huesos la alegría de la vida.

—Negrita linda, ¿quieres venir conmigo?

—Por su puesto, si te he esperado tanto— le dije levantándome de un salto.


Sentir su beso nuevamente fue un sueño. Y me dejé llevar.

Segundo Lugar Concurso Rancagua Simplemente: Angustia

El vestido era tan delgado que se le pegaba en las piernas, pero en su apuro, ella no lo sentía. Cada paso era una eternidad y el frío le quemaba las plantas descalzas tiñendo de oscuro la suave piel. En el patio del cité, su madre desmayada apenas volvía en sí. La noticia del accidente las había dejado en silencio y ese silencio, pesado como una losa de cementerio, se le plantó en el alma impulsándola a salir, llena su mente sólo con dos sílabas que resumían toda su voz: papá.



Antes de ver el tumulto escuchó los lamentos, los gritos que rompían la paz de la mañana invernal. Junio se incrustaba en los huesos pero no le importaba. El aliento salía de su boca en volutas intermitentes al compás del dolor en el costado. Tiró de la chaqueta de una señora pero recibió un manotazo ingrato. Quiso pasar entre las personas pero un guardia indolente la mandó a casa.

Los frenos del tren sobre los rieles apagaron el resto de los sonidos y la masa de gente se movió hacia la Puerta 4 como el monstruo de angustia que era, un cuerpo dolorido de pena y tristeza por tantos hombres muertos, tantos hijos, maridos y padres tragados por el humo en medio de la montaña más arriba de la nada. Y la niña fue engullida.




Cientos de cuerpos estaban dispuestos en macabro orden sobre los vagones. Una ráfaga de viento le erizó la piel y quiso retroceder. Su padre no podía estar ahí, no podía. Apenas tres días atrás habían ido a dejarlo a esa misma estación para que subiera a la mina a trabajar su turno. Él había dicho que traería dinero para comprarle unos bonitos zapatos. Su madre lo despidió con un beso y le dio la sorpresa que ya antes había compartido con ella: pronto tendría un hermanito. El pito del tren obligó a su padre a subirse radiante, pleno de energía, dispuesto a echar la montaña abajo para mantener a su familia. El mismo tren que traía los cuerpos negros y flácidos, tan iguales en la muerte que era imposible distinguir rasgo alguno. Puso sus manitos en la cara queriendo detener tanta pena, pero era demasiado fuerte y como una corriente descontrolada, el dolor la sacudió.

Tenía siete años, pero se levantó sintiendo que tenía cien. Pasó más allá de la gente, más allá de los guardias y de los muertos negros. Estaba más allá de todo.



Sus ojos empañados miraban sin ver y torció el camino en una esquina cualquiera. Sólo era otro vagón igual a los demás, lleno de piernas y manos negras, cuerpos sin nombre, cuerpos sin afectos. Suspiró.

Una mano sobre su hombro la hizo girar y unos brazos la estrecharon fuertemente. No tuvo tiempo para ver o entender. El olor a humo llenaba su nariz, la chaqueta le raspaba la carita y la voz de su padre le acunaba el oído.

—Estoy aquí— dijo él. Pero la niña no escuchaba más que el latido de su corazón.


Y al reconocer ese otro latido que se acoplaba al suyo, al identificar esos ojos que la miraban hambrientos, la niña supo que el dolor se acaba, las roturas se pegan y el mundo volvió a encajar. Entonces, en un aliento eterno, se le quebró la voz y lloró.





Fotografias reales

Mención Honrosa Concurso "Mi vida, mi trabajo": La Entrevista


Gloria se levantó esa mañana decidida, contenta. Abrió las cortinas del ventanal del departamento para darle paso a la brumosa mañana santiaguina. De fondo, la cordillera imponente, el cordón vertebral de América, le saludó con sus colores.


Se visitó con dedicación. Iba a una entrevista importante para conseguir aquel puesto que hace años estaba postulando. Ganarse los puestos para las cátedras universitarias en este país era difícil. Y aunque ella se sabía, y varios también, sobrecalificada para las clases que estaba dando, por más que año tras año postulara, no pasaba de las primeras etapas del proceso. Pero esta vez había sido diferente. La habían citado con el rector para una entrevista personal.

Se maquilló con cuidado, se vistió pensando en una situación formal pero sin perder su juventud ni sus colores. Como buena colombiana, no podía evitar los esmaltes de uñas adolescentes ni las pulseras que sonaran, pero era parte de ella y su  identidad.

Pasó por fuera de la bodeguita del mal. Así llamaba a una verdulería pequeña que había cerca de su departamento. Estaba bellamente decorada y una tarde que necesitaba limones pasó a comprar. Cuando entró, una voz detrás del mesón dijo fuerte y claro: “aquí no se atienden negros”. Ella miró para todos lados. ¿Lo decía por ella? Ella no era negra, era morena. Un negro era alguien de rasgos africanos, piel mucho más oscura y pelo casi pegado al cráneo de tan crespo. Personas absolutamente respetables por lo demás. En cambio, ella tenía el calor del sol en la piel y una música en las caderas que era imposible que alguna chilena supiera lo que se sentía al caminar. “Ya te dije negra, ándate de mi negocio, vuélvete a tu país”. Fue un golpe en pleno estómago. Incapaz de contestar algo, solo pudo salir de ahí hasta el refugio de su cama. Ni los diplomas, ni los viajes la habían preparado para un ataque tan frontal. Pasó el resto del día protegida por las colchas como coraza sintiéndose un insecto, minúscula y sola. Al día siguiente se levantó y a propósito, pasaba camino a la universidad para demostrarle a él y a ella misma, que no necesitaba de ese lugar, que no se iba y que se abriría futuro en esta tierra fría y temblona.


Así que ese día hizo su camino habitual y la mañana se le hizo hermosa; se le expandió en el pecho llenándola de buenos augurios, esta vez lo conseguiría. Un edificio inmenso, de gris señorial y con los recovecos coloniales que le daban aspecto de sabiduría, la engulló con su destino.

-Tiene usted un curriculum impresionante- dijo el hombre al otro lado del escritorio.

Ya habían pasado las presentaciones, frases de cortesía y explicaciones sobre la universidad. Estaban entrando en terreno derecho.

Los ojos de él, redondos y con unas pequeñas bolsas, la miraban directamente y eso a ella le gustaba. Era un poco bajo o tal vez, el sobrepeso evidente creaba la ilusión de menor estatura. Vestido de chaqueta pero sin corbata, no era tan formal como se veía en la fotografía y seguramente, eso ayudaba a que la conversación fuera más amena.

Gloria se sentía cómoda hablando de sus proyectos, de lo que podía aportar a la universidad con sus conocimientos y capacidades. Y sentía la buena recepción de su discurso. Se veía a sí misma sin la presión del dinero, poniendo fin a meses de miseria, de pagos en cuotas mínimas, de la caridad de los amigos.

-Oh – dijo el hombre mirando el reloj, de pronto – se me pasó volando la hora y no hemos terminado. ¿Te parece si me acompañas a un café para decidir qué hacer contigo?

-Por su puesto – dijo ella. No se podía negar, todo estaba saliendo tan bien, la respuesta sería mejor, de eso estaba segura; lo sentía.

El café quedaba fuera de la universidad. Era bonito, pequeño pero confortable, se parecía a uno que ella frecuentaba en el Barrio Lastarria, aunque todos los cafés se parecen un poco.


El quiso saber más de su vida, su familia y cuánto tiempo llevaba en Chile. Ella, en la comodidad de la conversación, se fue relajando y le contó que estaba sola, que no tenía pareja por el momento y que hacía años que había dejado su país para irse a conocer el mundo y ampliar sus conocimientos.

-¿Te das cuenta que el mundo universitario es mayormente un mundo de hombres?- preguntó él.

-Claro que me doy cuenta, pero no creo que el hecho de ser mujer sea perjudicial para mi carrera; tengo las mismas o mejores capacidades que muchos – respondió. Algo en el tono se le hizo sospechoso.

-Obviamente, nadie duda de eso. Pero –la miró directo a los ojos – la mitad de tus colegas pensarán que eres tonta y la otra mitad, sino más, querrán acostarse contigo y esperarán que lo hagas para conseguir tus metas.

El café se le cuajó en el estómago como cemento recién hecho impidiéndole decir una palabra.

-De todas formas, si algo así pasa, no dudes en acudir a mí – dijo el hombre. Su mano como zarpa estaba acariciando sus dedos – yo te protegeré. Si quieres el puesto, claro.

La propuesta estaba hecha. Si quería el trabajo, tenía que pasar por su cama. Durante un segundo se vio despeinada, sacudida y desnuda moviéndose a un ritmo impuesto por ese cuerpo sudoroso y gordo, el resoplido asqueroso de esa babosa pegado en su cuello. El estómago le dio tres vueltas preparándose para subir, la boca se le llenó de saliva amarga.

Sacó lentamente su mano de debajo de la garra y se limpió con la servilleta. Intentaba juntar las palabras revueltas que chocaban en su cabeza, tenía que darle orden lógico para que pudieran entenderse a la primera. Recordó la bodeguita del mal. No permitiría que le pasara de nuevo. Esta vez se defendería.

-Mire "señor" – la frase calló como ladrillo sobre la mesa – aquí donde usted me ve, soy morena, colombiana y sin muchos amigos en este país- se levantó para hablarle desde la altura, las pulseras sonaban al compás de sus movimientos- Pero no necesito de nadie que me proteja, menos alguien como usted, asqueroso.

Se dio media vuelta para salir; de pronto recordó a la diva que llevaba dentro.

-Seré pobre, necesito el trabajo, pero soy digna.

Y en esa dignidad se envolvió como un escudo saliendo del café sin dejar que ni una lágrima cayera hasta que llegó a su casa, se enrolló en el caparazón de mantas y lloró la desilusión, el dolor de la patria lejos y la soledad que se la tragaba.


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