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El extraño caso de la Virgen Voladora

La Estampa Volada

En Santiago de la Nueva Extremadura, las tardes de Octubre eran de primavera y lo sigue siendo hasta hoy. Es decir, mayormente soleadas pero con abundante viento. De hecho, es la estación en que los cielos se llenan de volantines porque las corrientes aéreas fluyen más intensas que en verano.

Pero el día 13 de Octubre de 1786, según testigos presenciales, no hubo viento. Y en la Plaza Mayor (la misma que al inicio de la vida republicana pasó a llamarse Plaza de Armas) en las graderías de la Catedral que ya había comenzado su reconstrucción por parte de Joaquín Toesca, frente al portal  de Sierra Bella que albergaba a las tiendas de comerciantes y el rincón de las ojotas, el señor Fermín Fabres vendía estampas de distintos santos, entre ellas, una de la Virgen.

Otro señor pasó por ahí y quiso comprar la imagen, pero, al momento de pasar de una mano a otra, la Virgen decidió volar por los aires. Suspendida en el cielo, la gente comenzó a reunirse para ver el milagro. Algunos se golpeaban el pecho, otros rezaban con un fervor solo conocido en los años coloniales y los más escépticos, dijeron que era una tromba de viento que mantenía a la imagen en suspensión, pero debieron callarse por respeto el fervor popular.


El Vendedor de Estampas, dibujo de Rugendas 1830

De pronto, la estampa (o la Virgen) decidió irse de la Plaza y comenzó su vuelo hacia el norte, pasó por el puente de Cal y Canto llegando al barrio de La Chimba. Allí se posó en un durazno, en el mismo sitio donde una abnegada, pobre pero buena madre, enseñaba catequismo a sus hijos.

Don José Pérez García, testigo vivencial de los hechos, lo narra de la siguiente forma:

El 13 de Octubre de 1786, a las once i media de la mañana, sin que corriese ningún viento, un suceso digno de admiración lleno de jente la plaza de la ciudad de Santiago. Estaba en ella un mercachifle vendiendo una estampa de tres cuartas de largo i dos de ancho, en la cual, entre otras imajenes que contenía, llamaba la atención la de la Snatísima Virjen María. Sin saberse cómo se le soltó de las manos y se suspendió en el aire, i, aunque a poca altura, no pideron los concurrentes echarle mano ni bajarla aunque le tiraban los ponchos. con mucha calma llegó al medio de la plaza, un poco elevada sobre una alta pila de tierra que allí había (los escombros de la casa de cabildo entonces en construcción), a la que subieron muchos creyendo alcanzarla allí. La estampa, ya de un lado, ya de otro, burlaba la dilijencia. Después de mucho rato, se subió algún tanto más, de manera que los espectadores perdieron esperanza de alcanzarla. Al fin, se fue sbiendo perpendicularmente, i se situó fija i a tanta altura, que solo se distinguia como un pajarillo con las alas abiertas, atenuándose la vista por mirarla. La ví permanecer así por más de un cuarto dem hora, al cabo del cual fue inclinando su dirección al norte. Las numerosas personas que estaban atentas al espectáculo,se movían hácia el rumbo que parecía llevar la estampa. Al cabo descendió con regular velocidad i curso vertical a tomar lugar en la cañadilla de la Chimba, en un sitio que se demarcó con una cruz, a distancia de doce cuadras de la plaza.

La imagen cayó en un árbol de la chacra de don Manuel Joaquín Valdivieso y, tal como lo señala don José Pérez García, el sitio se marcó con una cruz y se transformó en lugar de procesión. El obispo Alday, ya anciano, declaró que concedería cuarenta días de indulgencias a todos aquellos que fueran a rezarle a la imagen. Es decir, cuarenta días de perdón "temporal" por faltas cometidas, dependiendo del pecado, claro está.

La arrendataria del terreno hizo poner un palo al lado del durazno y un cartel que contaba la historia de la estampa para que estuviera visible a todo público. 

La gente enloqueció con el "milagro". Concurrían en masa a rezarle al palo y al durazno, le dajaban velas encendidas por las noches, intentaron llevárselo así que hubo de poner vigilancia al sector. Con tantas ramitas y hojas que le sacaron al pobre árbol (para hacer injertos, pociones, unguentos o simplemente para terminar con maleficios, mal de ojos y enfermedades varias) que quedó a mal traer.

Los frutos del árbol pasaron a llamarse "duraznos de la estampa" y solo comían de ellos los canónigos importantes como los priores de monasterios y conventos, y, aún así, nada más que en ocasiones especiales. Incluso hubo tráfico de duraznos y falsificaciones ya que la gente estaba empeñada a pagar lo que fuera con tal de comer los sagrados frutos.

Hasta el mismo Secretario de Gobierno, don Judas Tadeo Reyes declaró que era "prodijio sobrenatural". Con el tiempo, se erigió una iglesia en ese lugar y que, hasta el día de hoy, se llama Iglesia de la Estampa Volada. Pero la edificación de la iglesia tiene también su historia.

Recordemos que la imagen llegó hasta La Chimba en la primavera de 1786. Durante todo ese tiempo fue un lugar de procesión y encuentro de los fieles.

Puente de Cal y Canto, lugar por donde pasó la Estampa Volada

Años después, en noviembre de 1798, el ilustrísimo señor don Francisco de Borra José Marán, obispo de la Concepción de Chile, salió de la ciudad de Concepción a hacer una visita episcopal a Valdivia junto a una gran comitiva compuesta por frailes, clérigos, arrieros, un par de dragones de la frontera para custodiarlo y el cacique amigo Francisco Huentelemu. No olvidemos que para ir de Concepción a Valdivia se debía pasar la frontera de Chile y transitar por terreno mapuche.

Llevaban mercadería, ganado y dinero para comerciar en la fortaleza. En un descanso del camino, cuando ya se encontraban en medio de terreno indígena, fueron atacados por más de mil indios que habían sido avisados por Huentelemu de la travesía. Los indios se entretuvieron en el saqueo y pelea y en medio de la trifulca, el obispo logró escabullirse junto con otro sacerdote y partió hasta Tirúa, al sur de la provincia de Concepción. Desde allí intentaron seguir hasta Valdivia, pero fueron avisados desde La Imperial que los mapuches estaban alzadoso y tenían cercados todos los caminos.

Con muy mal ojo, se internaron en un bosque y quedaron rodeados de enemigos. Varios días pasaron y llegaron tribus de indios llamados "abajinos" que eran los que vivían más a la costa y con quienes tenían mejores relaciones, incluso alianzas con los españoles y chilenos. Los mapuches que estaban alzados eran los "llanistas" que vivían hacia el interior de la región.

Pues con la llegada de los abajinos la situación mejoró pero solo un poco. Los llanistas se negaron a entregar, más bien, dejar de sitiar en el bosque, a los sobrevivientes así que los abajinos idearon un plan para lograr rescatar al obispo y su séquito.

En el antiguo Butalmapu (territorio indígena sin administración española-chilena) se jugaban partidos de chueca entre tribus vecinas y rivales. La chueca o palin es el juego ancestral de los mapuche y tenía una importancia vital en el ámbito social, como preámbulo a consejos políticos, como instrucción para los más jóvenes y preparación para los guerreros. Generalmente iba precedido de rituales y cantos, pero en este caso, se usó como herramienta para dirimir el futuro de los sobrevivientes de la comitiva española.

Una partida de chueca puede durar varios días porque el equipo gana cuando es capaz de marcar cuatro puntos seguidos. Es un deporte de contacto, en los que ambos equipos se deben enfrentar posición por posición y debido a las múltiples lesiones, ya fueran por el deporte mismo o las peleas a causa de las apuestas a orilla de cancha, había sido prohibido en territorio chileno, pese a que se siguió jugando de manera clandestina en la capital del reino. Pero para el caso de Marán, estaban en medio del territorio no español y eran sus reglas, así que sacó su rosario y se puso a rezar para que los abajinos ganaran el juego.

Juego de la chueca o palin, forma en la que decidió la vida del Obispo Marán

Los llanistas ganaron la primera partida, pero los abajinos ganaron la segunda y el desempate con lo que Marán y lo que quedaba de su comitiva, pudieron volver a Concepción en diciembre de ese mismo año.

El obispo había solicitado la protección de la Virgen del Carmen para salvar su vida y pagó. En 1803, donó a la Catedral de Santiago la suma de ocho mil pesos (una pequeña fortuna) para que se dijera anualmente un novenario a la Virgen. 

En sus tiempos de Obispo de Santiago, conoció la historia de la Estampa Volada y las procesiones diarias de que era objeto. Visitó el lugar y viendo que estaba al otro lado del río, en las afueras de la ciudad, decidió erigir un templo para la Virgen del Carmen, de la cual era devoto y se sentía en deuda.

Se estima que la construcción del templo comenzó en 1805 siendo Juan José de Goicolea, el famoso discípulo de Toesca, el encargado de las obras. Para 1808 fue consagrada la Iglesia de la Estampa Voladora de la Virgen del Carmen, pese a que en la estampa famosa, se veía la imagen de varios santos y entre ellos, una de la virgen.

El templo guarda una relación directa con el pueblo de Chile, tanto por su origen, como por su presencia en el proceso independentista. En su torre se encuentra la campana que fue tañada anunciando la llegada del Ejército Libertador al momento de ingresar las tropas por el camino del Inca (hoy Independencia) luego del triunfo en la Batalla de Chacabuco, llenando de alegría a la ciudad en momentos que los patriotas se encontraban en vilo esperando noticias.

Inscripción que se encuentra dentro de la Iglesia recordando su origen

La iglesia y su devoción han sido resistentes al tiempo y sus vicisitudes. Apenas unos años después de terminada (1814), en el año 1822 ocurrió un gran terremoto en Chile y la templo sufrió tan grandes daños, que se tuvo que reconstruir completa. La venerada estampa también se perdió en el suceso. Y no ha sido la única vez que la tierra se ha sacudido con fuerza suficiente para derrumbar sus cimientos, pero la iglesia vuelve a levantarse.

Además, para quienes piensan que el vandalismo contra la institucionalidad de la iglesia es algo propio de nuestro tiempo, no es así, ya que en dos ocasiones la iglesia ha sufrido el ataque de quienes no están de acuerdo con los preceptos eclesiásticos.

El 29 de Junio de 1888 la imagen de la Virgen fue robada y lanzada a una acequia que corría por la cañadilla. Pero la corriente no se la llevó y la imagen fue recuperada.

El 8 de septiembre de 1913, un paquete de dinamita explotó en el nicho que guarda la imagen, pero todo el contorno fue destruido, menos la Virgen. Algunos dirán milagro nuevamente, otros dirán error humano, el hecho concreto es que hasta hoy se sigue venerando la imagen el templo famoso por su origen y que radica en la devoción de un pueblo.


Imagen actual de la Iglesia de la Estampa Volada del Carmen




Fuentes:
- Historia General de Chile, Diego Barros Arana
- Historia de Chile, José Pérez García
- Historia Crítica y Social de Santiago, Benjamín Vicuña Mackenna
- http://chile-iglesias-catolicas.blogspot.com

Los dulces de invierno

Hoy en Rancagua la temperatura fue especialmente fría. Mínima 0° y máxima 15° con un viento que helaba la cara. Así que me dieron ganas de algo dulce y me compré un calzón roto. Mirando tan rico producto, me ocurrió hacer este post, con el origen de algunos de los dulces más típicos de mi patria y que se han mantenido hasta hoy.




-Chilenitos: Es el clásico alfajor relleno. Son dos hojuelas de masa horneada, rellenas con manjar. Pueden estar decoradas de merengue, envueltos en manjar con nueces o simplemente, bañados en azúcar flor (impalpable).  Comenzó a hacerse en Chile como una variación autóctona de los alfajores hispanos en tiempos de la colonia. Su nombre proviene de la voz "al hasú" (alfajor) que quiere decir "el relleno" y ya en 1541, fecha de la fundación de Santiago, se comía en España. Existe un libro, escrito por Francisco Delicado, clérigo andaluz, que menciona por voz de su protagonista, la bella Aldonza, que preparaba entre muchas recetas, alfajores. Ni qué decir que el libro es maravilloso, un tesoro de la literatura muy entretenido. Pero, datos aparte, el alfajor llegó a nuestro país junto con los españoles, puesto que era parte de las viandas que se les daba a los soldados como parte de la ración en el Virreinato del Perú. La receta tradicional llegada a América consiste en dos obleas (llamadas hostias por su forma circular) de pasta de almendras, nueces o piñones, pan rallado, canela, clavo de olor y "matalahuva" (anís), todo esto unido con miel. La versión criolla tradicional de Chile, cambia los ingredientes de la masa por harina de trigo, yemas de huevo y mantequilla, luego se hornea y se unen las dos hojarascas con manjar. La envoltura es opcional.

Se cocinaban en todas las casas criollas de nuestro país en el tiempo en que se estilaba enviar regalos comestibles a los festejados, ya sea por onomásticos, matrimonios, bautizos, funerales e incluso, para obtener el título de Doctor en la Universidad de San Felipe, el reglamento estipulaba que, aprobara o no el alumno, debía hacer llegar a cada uno de los 16 examinadores, decano, profesores, padrino  y tesorero, fuentes llenas de dulces y helados. Ya en 1910 se solicita por primera vez el permiso de elaboración y comercialización del alfajor chileno, en Curacaví, aunque los dulces de La Ligua se comercializaban desde la Colonia. Según indican algunos registros, serían las monjas Agustinas las que se dedicaban a la fabricación y venta de alfajores para obtener recursos.


Sopaipillas secas con pebre

Sopaipillas pasadas en chancaca o panela

-Sopaipillas: masa de trigo con zapallo cocido, levadura y sal; de forma circular y frita en aceite o manteca. Puede ser comida seca y salada, acompañada de pebre (cilantro, cebolla y ají), mostaza y/o ketchup; o bien su versión dulce, remojada en chancaca (dulce de azúcar sin refinar y melaza) con una rodaja de cáscara de naranja y canela.

Como casi todo en este país, es una mezcla de cocina hispanoárabe e indígena. Los españoles trajeron sus "tortas fritas", que son masas saladas, redondas y fritas llamadas sopaipas. De la voz "xopaipa", es decir, masa frita. En este pedazo del mundo se le agregó zapallo y voilá... lista la sopaipilla.

Por ahí leí también que los mayas, por el año 500 a.c. intentaron un pan a base de zapallo para darle el color amarillo, pero no me dediqué a buscar más información sobre eso.

En otras regiones de esta América españolizada, existen variantes de la sopaipilla. Incluso en Texas, Arizona y Nuevo México, existe una versión muy parecida en ingredientes y forma, incluso saladas y dulces. En 2005 fue reconocida como "pastel oficial" en Texas y ellos cuentan que la receta la tienen desde los tiempos en que eran colonia hispana.

Con todo, a mi me encantan secas y si son con palta (aguacate) o pebre... mejor.

Picarones en chancaca

-Picarones: Masa de harina de trigo, levadura, bien pero bien reposada, zapallo y una pizca de sal. Se fríen en anillos que, la verdad, con lo lánguida que queda la masa, son un poco difíciles de hacer (la masa se pega a los dedos o cuchara) pero quedan maravillosos.

Siempre pensé que la receta era chilena, pero no, es peruana. Resulta que es una versión criolla del Virreinato del Perú, de los buñuelos españoles. Nuevamente la incorporación de zapallo o camote y el baño en chancaca (panola) es el aporte americano a la versión europea. Ya en el siglo XVIII eran famosos en Lima.

En Chile llegaron de la mano de peruanos que venían a nuestro país y sus criadas y esclavas los cocinaban y vendían a pregón. De hecho, en el libro Recuerdos de treinta años, de José Zapiola, menciona que se vendían en la Plaza de Abastos (Plaza de Armas) durante el gobierno de García Carrasco, el último antes de la Independencia. Además, durante la Expedición Libertadora del Perú, las tropas chilenas instaladas en Lima, disfrutaban comiendo los picarones de la Negra Rosalía, chilena avencindada en Lima conocida por su arte dulcero. Se casó y se vino a Chile  en 1823, donde se instaló en la esquina de Teatinos con Santo Domingo y cautivó a su clientela con los picarones y el pisco.


Roscas

-Rosquitas: Un clásico de los inviernos chilenos. Quien no ha disfrutado de las rosquitas blancas de azúcar flor (impalpable) con un tecito con cedrón. Son la receta más clásica de las rosquillas españolas, conocidas como rosquillas tontas o listas. Es una masa aireada cortada en forma de anillos y frita. Supongo que como todo llegó a este país con los extremeños, ya que, al igual que los alfajores, son mencionados tempranamente en nuestro país, aunque no figuran en la prohibición de venta que hizo el Cabildo en 1685, de vender miel, chicha y alfajor en las pulperías, aunque si la prohibición fue por el costo del azúcar (se importaba casi toda del Perú), seguramente tampoco se podrían vender.


Calzones rotos chilenos

Klenät nórdicos

-Calzones rotos: Masa de harina de trigo, mezclada con huevos, levadura, polvos de hornear, azúcar y mantequilla; saborizada con vainilla o ralladura de limón. Luego se cortan tiras de masa y se les practica un corte al centro por donde se gira a sí misma creando una suerte de nudo abierto. Después se fríen y se espolvorean abundantemente con azúcar flor.

Es otro infaltable en los inviernos chilenos y no hay pastelería que se precie que no los tenga durante todo el año. El origen de la masa es algo incierto ya que no los encuentro en los registros de dulces traídos de España. A modo de especulación y sólo especulación, existe el mismo producto, idéntico en forma y preparación, en los países nórdicos (Suecia, Dinamarca, Islandia y Noruega) llamado Klenät, consumido desde hace más de dos siglos. Ahora bien, cómo llegó a Chile? Ni idea. Creo que es materia de investigación saber en qué momento sucedió esto ya que, según cuenta la leyenda, el gracioso nombre que llevan acá en Chile data del tiempo de la Colonia.

En la Plaza de Armas de Santiago, una señora de cierta edad vendía dulces en un canastito ofreciéndolos a pregón. Estas frituras dulces, se les conocía con el nombre de "zorritas" en alusión a cierta parte de la anatomía íntima femenina. Dicha señora vivía en Chuchunco (ahora Estación Central), es decir, en las afueras de la ciudad (de ahí que todo lo que quede lejos se dice "por allá por Chuchunco") por lo que se asume, era pobre. Una tarde, mientras pregonaba sus dulces, una ventolera le volteó las faldas dejando al descubierto sus calzones, que estaban rotos. Desde ese momento, cada vez que alguien preguntaba por ella o sus dulces, se le dirigía a la señora de los calzones rotos y con el tiempo, simplemente, los dulces eran los calzones rotos.


Dulce de Membrillo

-Dulce de membrillo: Delicioso, suave y cremoso, el dulce de membrillo untado en el pan o para rellenar tortas. Nuevamente tenemos un producto traído directamente de España por los conquistadores, quienes, durante los primeros años se dedicaron a cultivar todo tipo de frutas y verduras de Europa para no extrañar tanto su patria. No les gustaban muchos los sabores autóctonos y empezaron a mezclarlos. Trajeron membrillo y luegos los árboles y, entre preparaciones varias (licor, vino, dulce o a mascadas) enseñaron a nuestras tatarabuelas el arte del dulce de membrillo.

Pero esta delicia, no es original de España sino de Asia y fueron los romanos y griegos quienes lo llevaron a la península. Durante el siglo XII se popularizó el mentado dulce.

Y yo que lo creía tan chileno.


Manjar o dulce de leche

-Manjar o dulce de leche: Aquí hay tema. El dulce de leche es la cocción de la leche con azúcar y vainilla hasta que el azúcar se carameliza y vuelve espesa la leche. Es un trabajo agotador porque hay que estar moviendo sin cesar la mezcla en el fuego para que no se pegue. Pero vale la pena, por Dios que sí.

Es tradicional en todos los lugares de habla hispana incluso en Francia e Inglaterra hay versiones de este dulce y por lo mismo, no se ha podido determinar su origen, pero a modo de registro, se puede datar la primera (o una de las primeras) mención en el Libro de Gastos y Entregas del Colegio de Mendoza, entre los años 1693 y 1712 la entrega de varias frascos de manjar traídos desde Chile. (en ese tiempo Mendoza era chilena). También está la versión de un historiador argentino que menciona que fue José de San Martín quien, a recomendación de O'Higgins habría probado el manjar y le gustó tanto que se llevó unos frascos a Argentina junto con la receta.

Argentina se considera a sí misma como la inventora de la receta pero también Uruguay disputa este honor.

Ya en 1776 aparece descrita la receta en el "Compendio de la Historia Natural, geográfica y civil del Reino de Chile" del Abate Juan Ignacio Molina

"un jarrito y medio de leche fresca, doce onzas de azúcar, diez onzas de harina de arroz y un poco de almizcle. Se pondrá a cocer a fuego lento y se agitará bien."

Pese a todo, también está la teoría de que los mismos españoles habrían conocido esta delicia cuando colonizaron Filipinas y que en esos páramos ya se cocinaba hace siglos.

Quedan varios postres por mencionar, pero como éstos son los que más me gustan a mí .... creo que dejaré el resto para otro día.




Fuentes:

- Sabor y saber de la cocina chilena. Hernán Eyzaguirre Lyon.
- Apuntes para la historia de la cocina chilena. Eugenio Pereira Salas
- Historia crítica y social de Santiago. Tomo I. Benjamín Vicuña Mackenna
- Wikipedia
- Compendio de la Historia Natual, Geográfica y Civil del Reino de Chile. Abate Molina
- La lozana andaluza. Francisco Delicado
- Comidas y Bebidas de antaño y hogaño. Luis Gálvez 

Los Brillantes Soldados del Rey



Nuevos vientos políticos soplan sobre Europa al iniciarse el siglo XVIII. El sentido crítico y las tendencias reformistas caracterizan el llamado "Despotismo Ilustrado", y España no permance ajena a esta nueva realidad.

En 1700 fallece el Rey Carlos II, y con él se extingue el último representante de la Casa de Austria. La corona es de inmediato reclamada por Felipe de Anjou, nieto del rey francés Luis XIV, quien toma el poder bajo el nombre de Felipe V. Así se inicia en España la dinastía francesa de los Borbones, quebrando de esta manera, el equilibrio mantenido en Europa por los austríacos.

La respuesta, en forma de guerra, no se hace esperar. La nueva posición hegemónica adquirida por Francia, y la consecuente resistencia de los otros estados europeos, desencadenan la Guerra de Sucesión de España (1702 - 1714), enfrentándose la coalición formada por Inglaterra, Austria y Holanda contra Francia, España, Baviera, Portugal y Saboya. El conflicto finaliza con las Paces de Utrecht y Rastatt (1713 - 1714), mediante las cuales se confirma la sucesión de los Borbones en España, pero con la pérdida de éstos de Flandes e Italia (cedidas a Austria) y de Gibraltar y Menorca, que quedaron en manos de Inglaterra.

Escudo de Armas de la Casa de Borbón 1700-1761

Con la instalación de la dinastía francesa en el trono de España, la influencia del estado vecino se deja sentir de inmediato, especialmente en los círculos más elevados de la sociedad. La tendencia absolutista y centralizadora se abre paso en un país acostumbrado a un régimen monárquico de corte autoritario. La unidad nacional y la búsqueda de un arquetipo tradicional, representado en el godo primitivo, estructura la nueva concepción de España.

Por otra parte, si la metrópolis se transforma, los vasos comunicantes que son sus colonias, muestran a su vez, los efectos del cambio. Entre terremotos (como el de 1730 que afectó a Chile desde La Serena hasta Valdivia) y los grandes alzamientos indígenas surge aquí también el espiritu de la Ilustración, específicamente a través de los gobernadores del siglo XVIII.

La fundación de la Universidad de San Felipe, bajo el mandato del gobernador Ortiz de Rozas; las reformas militares y descripciones geográficas de Amat y Juniet; la creación del Colegio Carolino y de la Academia de Leyes, por una parte, y la completa reorganización del ejército y milicias, por otra, obras ambas de Agustín de Jáuregui, son pequeñas pero claras muestras del incremento que, en todos los terrenos, perfilan el nuevo criterio que anima a la Corona en Chile.

El historiador Rosales calcula que los primeros 130 años de guerra con Arauco costaron a España 42.000 soldados y 40.000.000 de pesos. Sólo en el lapso comprendido entre 1601 y 1658 la guerra costó a España más de 9.000 soldados y 16.109.663 pesos y tres reales.

No hubo gobernador que no llegara a Chile con 300, 500 y hasta 1.000 hombres de refuerzo, y si éstos se suman a los muchos miles de hijos de españoles (todos los cuales pelearon) nacidos en CHile durante los casi tres siglos que duró la lucha, es fácil formarse una idea del toner de las Danides que resultó para España la guerra de los araucanos.

Con el advenimiento del nuevo siglo, la guerra de Arauco entra en una etapa más pacífica, reglamentada por los llamados "parlamentos" o conferencias de paz entre españoles y araucanos.

Esta aparente calma es, sin embargo, activamente aprovechada por los gobernadores para consolidar la defensa del territorio y las fronteras. Guill y Gonzaga ordena la restauración del fuerte fronterizo de Santa Juana, mientras Ambrosio O'Higgins, Maestre de Campo y futuro gobernador del Reino, funda, uno tras otro, una serie de nuevos fuertes en la belicosa región de la frontera.

En cuanto a la organización misma del ejército, el siglo XVIII es también generoso en reformas y reestructuraciones.

Por medio del Real Placarte de abril de 1703 Su Majestad el Rey había concedido nuevas dotaciones y sueldos al ejército del Reino. Sin embargo, la implantación de una guerra defensiva y las reducción impuestas al erario, determinaron la disminución del número de plazas en el ejército, a la vez que obligaron a un cambio en el sistema de sueldos. Estas medidas, propuestas al Rey por el Gobernador y Maestre de Campo Manso de Velasco, fueron aprobadas por Fernando VI, de acuerdo a su Reglamento del Ejército de 1753.


A pesar de los anterior, y dando un nuevo impulso a la actividad castrense, el nuevo Gobernador, Amat y Juniet, reorganiza el Ejército colonial, tarea que es complementada por el Reglamento General de Ejército, expedido por su Majestad Carlos III de España, y fechado en junio de 1768.

Estas realizaciones podrían ser consideradas como las etapas previas a la consolidación general del Ejército durante la Colonia, ya que este largo proceso que inicia Alonso de Ribera en 1603 culmina sólo 150 años más tarde, cuando el Gobernador del Reino, Agustín de Jáuregui y Aldacoa, abandona la inactividad a la que se encuentra sometido el Ejército, explota las rivalidades entre los principales caciques mapuches y ordena reforzar la línea fronteriza en el sur.

La completa reorganización que Jáuregui implanta en el Ejército, el aumento de plazas, su distribución en todo el país, el perfeccionamiento de los cuerpos de milicias y la intensa disciplina a que somete a las compañias veteranas, reciben la ratificación real el 4 de enero de 1778.

Sólo en la segunda mitad del siglo XVIII, y muy particularmente, bajo la administración de Jáuregui se dota a las fuerzas militares con un vestuario adecuado.

No sin cierta alarma, el gobernador comprueba el desastroso estado en que se hallan los regimientos, y desde el momento en que asume su alto cargo (1773), se aboca a la tarea de estructurar un ejército que respondiera eficientemente a las necesidades de la Colonia. Es así como, mediante la Ordenanza de 1777, aprobada por Carlos III al año siguiente, fija la distribución de las unidades y los uniformes, tanto para los cuerpos veteranos como para las milicias. Estos uniformes siguen el padrón común en boga en Europa y son reflejo de la moda francesa que en esos momnetos imperaba en España.


Entre las unidades prima el color azul y el rojo vivo, siendo esta la pauta feneral a seguir. Sin embargo, y al igual que en la metrópoli, algunas unidades conservan sus tonalidades propias, como es el caso de los dragones, que tradicionalmente habían vestido de amarillo. En Chile, los Dragones de la Sagunto, acantonados en la Villa de Santa Cruz de Triana (Rancagua), lucen un vistoso uniforme amarillo, con vueltas, pechera y botamangas color verde, fiel imitación del uniforme del regimiento Dragones de Sagunto de España.

Algo similar ocurre con otras unidades, en que la tendencia azul cede el paso al encarnado, como sucede con las milicias del Infante de Asturias, en Valparaíso; el Regimiento de Los Andes, que prestaba servicios en Chillán y varios más, repartidos desde Coquimbo a Chiloé.


En este último lugar, y debido a la gran distancia que las separaba de la capital, las milicias no participan de la moda general y realizan sus actividades envueltas en "un extraño traje llamado poncho", al decir de un gobernador de la época.

En la Ordenanza General de Jáuregui, queda entregado al celo de los oficiales velar por el cumplimiento del reglamento, señalando, además, que los soldados deben "observar el aseo correspondiente a su calidad". Aun cuando el uniforme es de propiedad del soldado, a su fallecimiento pasa a poder de un nuevo recluta. Sólo se hace la salvedad en caso de muerte por enfermedad contagiosa, lo que obliga a su inmediata incineración.


Estos uniformes sólo sufrirán leves modificaciones a través del tiempo, hasta que, por Real Orden del 20 de febrero de 1789, y bajo el gobierno de Ambrosio O'Higgins, se reglamenta sobre los uniformes para las milicias de América, las cuales quedan divididas en dos grupos: los cuerpos o compañías llamados "milicias regladas o provinciales" y las "milicias urbanas". A las primeras se les asigna un uniforme color corteza, con vivos encarnados, mientras que a las urbanas se les asigna el color pardo.

La moda borbónica, que es la fuente de inspiración de nuestros uniformes coloniales, cederá el paso a una nueva corriente producto de la Revolución Francesa y el Imperio de Napoleón Bonaparte.

Al proclamarse la Primera Junta Nacional de Gobierno en 1810, aún se mantenían los modelos señalados en la ordenanza de Jáuregui, si bien debemos tomar en cuenta la eterna pobreza del erario, que dificultaba el normal cumplimiento de ella.



Desde comienzos de la Colonia, los españoes se organizaron en cuerpos de milicias para defender el territorio conquistado y a la vez, dedicarse a sus labores agrícolas. De esta forma se evitaba el elevado costo de mantener un ejército regular en todos los puntos habitados, ya que estos cuerpos participaban junto al ejército sólo en las campañas de primavera y verano, para más tarde reintegrarse a sus faenas habituales.

El gobernador podía llamar a los milicianos a las armas únicamente bajo orden de apercibimiento, y esto generalmente, debido a algún alzamiento indígena. El mando de estas milicias coloniales recaía en miembros de batallones veteranos, quienes debían velar por la formación y disciplina de ellas.

Será bajo los gobiernos de Amat y Járegui, cuando las milicias alcancen su mejor grado de preparación. Mediante la reforma de 1778, don Agustín de Járegui y Aldacoa reorganizó el ejército colonial en batallones veteranos o de línea y milicias. A todos estos cuerpos se les asignó un determinado uniforme, dotación y ubicación geográfica; respondiendo a las necesidades de defensa y seguridad territorial. El mayor contingente se ubicó, lógicamente, en la región fronteriza y en la capital.

Los batallones de línea se distribuyeron principalmente en Santiago, Valparaíso, Juan Fernández y Valdivia, alcanzanso un total de 1.150 plazas, organizadas en 11 compañías de infantería, 10 de dragones y en 2 de artillería.

Estas unidades, más el total de los cuerpos de milicias, son ubicadas a lo largo del reino, desde Copiapó a Chiloé.

El estudio de los uniformes de los Ingenieros Reales y del personal de Cirujanos Militares, cierra el ciclo del Ejército Colonial.

Los Ingenieros Reales, que preponderante papel tuvieron en la construcción de las fortificaciones militares y en particular de los famosos Castillos de Valdivia, conocidos como el Gibraltar del Pacífico usaban un colorido uniforme. Vestían casaca azul, con vueltas, cuello y forro encarnado. La solapa de terciopelo negro con 7 ojales de plata. De plata también los castillos que se llevaban en el cuello y el galón del tricornio, que se adornaba con plumas rojas. El chaleco era encarnado y el pantalón azul que se llevaba con medias blancas o botas.


Por su parte, los Cirujanos Militares vestían casaca y pantalón de color canela. Las vueltas, cuello y botamangas eran de terciopelo negro con galones de plata y el uniforme se llevaba con medias blancas y zapatón hebillado.

Este colorido ejército colonial llevará aun sus tradicionales uniformes cuando sus integrantes, divididos entre realistas y patriotas, se batan en las campañas de la Patria Vieja.





Extracto libro 4 siglos de Uniformes en Chile. Alberto y Antonio Márquez. 1977

Castas por la Patria: El Batallón de Infantes




El batallón de Infantes de la Patria fue un cuerpo militar formado a partir de una guardia de milicianos voluntarios llamado Batallón de Pardos, creado con objeto de vigilar las calles y proteger el comercio, algo así como los serenos. Esta milicia se formó exclusivamente con afrochilenos mestizos, que eran civiles que se desempeñaban en labores de comercio y artesanía como zapateros, barberos, sastres y similares. Para estos ciudadanos, hombres libres afrodescendientes, era una forma de subir en la cerrada jerarquía social de aquellos tiempos, aunque tuvieran que costearse en forma personal su equipo y armamento. Si bien les significaba gastos y tiempo de servicio, les permitía la obtención de beneficios y prestigio social, algo muy valorado en la época. La oficialidad fue al comienzo de ciudadanos españoles de las llamadas familias patricias, pero con el tiempo fueron comandados igualmente por oficialidad de color. Además de su trabajo normal de guardias cívicos, empezaron a reemplazar a los soldados de línea, cuando por alguna emergencia, éstos debían salir de Santiago.

Tuvo una destacada participación durante la independencia de Chile, tanto en la Patria Vieja como en el período denominado Patria Nueva y aunque es recordado con este nombre, no siempre fue conocido así ni tampoco fue un batallón. Su historia debe rastrearse a las unidades milicianas de pardos que existían en la capital del reino y que tuvieron una vida continua, dado que los primeros antecedentes de cuerpos de pardos datan del siglo XVII. Para 1720 existía una compañía de negros y morenos libres, la que fue creciendo a tal punto en los años posteriores que para 1750 tenía fuerza suficiente para crear una nueva compañía, la que se estructuró en dos cuerpos: La de la Cañasa (Infantería) y la de Artillería.  Esta organización duró poco , debido a que el gobernador Manuel Amat realizó una reestructuración de las fuerzas milicianas, que tenía directa incidencia en los pardos. En consecuencia, este cuerpo fue dividido en tres secciones: Húsares de Borbón (caballería ligera), de Granaderos (infantería pesada) y de Artillería, con alrededor de 200 miembros.

Sobre su estructura se estableció un doble criterio de selección para los soldados negros, el que fue por ubicación geográfica y racial. El racial, establecía que los zambos debían alistarse en la unidad de caballería ligera, los negros y mulatos en la de La Cañada y todos ellos podían ser reclutados para la Artillería. El criterio de localización espacial, estableció que los milicianos serían reclutados según el barrio de residencia. Esto produjo algunas polémicas, ya que, como se comprenderá, tuvo por resultado una serie de disputas entre los oficiales de dichas compañías, quienes pugnaban por alistar el mayor número de hombres en sus filas y no dudaban en literalmente, robar los soldados de los otros cuerpos de milicias de castas, amparados en que o bien debían pertenecer a su compañía por su condición de mulatos o zambos o si no, porque residían en un lugar determinado de la ciudad, pues ambos criterios parecían ser válidos al momento del reclutamiento.

Posteriormente, en 1762, el gobernador Antonio Guill y Gonzaga realizó una nueva reforma sobre este cuerpo, dejando estructuradas las compañías de la siguiente manera: una de Artillería, la de zambos libres, la de La Cañada y la del Río. Sin embargo, la anterior organización solamente duró un año, ya que el gobernador Agustín de Jáuregui aumentó en una compañía de infantería la fuerza de los pardos y por primera vez se dispuso que el comando de estas tropas recayese en un capitán comandante pardo, el maestro barbero Jorge Gregorio de Arenas. Anteriormente el comandante de todas las compañías fue un oficial blanco, aunque se debe mencionar que los capitanes de cada compañía y sus oficiales eran de color.

Sargento José Romero, "Zambo Peluca"

Respecto de su disciplina interna, el cuerpo de pardos, al igual que otras unidades de milicias se regían principalmente por el Reglamento para las Milicias de Infantería y Caballería de la Isla de Cuba del 19 de Enero de 1769, que fue extendido al resto de América por Real Orden en 1791.

La unidad permaneció sin cambios aparentes hasta la instalación de la Junta Gubernativa del Reino  el 18 de Septiembre de 1810, y la orden que ésta dio el 2 de diciembre de erigir nuevos cuerpos regulares de tropas en la capital. Es muy probable que producto de la creación de fuerzas regulares en Santiago, se haya decidido aumentar las del cuerpo de pardos. Esto con el fin de convertirlo en batallón, siguiendo la línea de poseer un núcleo de tropas que protegiera a las nuevas autoridades instaladas, en previsión de que ocurriese algún imprevisto como sucedió con el Motín de Figueroa el 1 de abril de 1811.

El Batallón de Milicias Disciplinadas de Pardos se encontraba acantonado dicho mes y no concurrió como los Granaderos y otras fuerzas a sofocar el alzamiento. Esta situación no tuvo mayores consecuencias, a diferencia de lo que ocurriría con el primer golpe de Estado dado por José Miguel Carrera el 4 de septiembre del mismo año. El no haber concurrido con las tropas en apoyo del movimiento revolucionario, molestó sobremanera a los oficiales, quienes expusieron en el Congreso lo siguiente:

Se leyó una representación de los oficiales de milicias del cuerpo de pardos, manifestando el sentimiento de no haber concurrido al servicio de la patria en el acaecimiento del día 4, por la poca actividad de su comandante, i que, para evitar algún accidente , i ponerse en el estado de disciplina que las haga útiles como desean, se encargase la inspección al coronel comandante de asamblea, don Juan de Dios Vial. Se acordó esto último, i previno a dicho oficial que proponga las reformas que tenga por convenientes a la Junta de Gobierno, a quien se remitió este negocio.

El comandante era Juan de Dios Portillo y su inacción le costó el puesto y pasar a retiro.

Respecto de su estructura, luego que fue elevado a batallón, sus compañías aumentaron de cuatro a seis, las que en su totalidad eran de fusileros de infantería.

Nuestros hermanos los pardos han manifestado siempre una ardiente y generosa adhesión a nuestros principios. Deben contarse entre los valientes defensores de la patria. Ya su cuerpo está aumentado a la clase de batallón, i dentro de poco, podrá competir con los veteranos

Debido a los cambiantes sucesos políticos que acaecían, el batallón no logró estar ajeno totalmente a ellos. Como lo fue la fallida conspiración del 27 de noviembre de 1811 contra los Carrera, en que se acusaba al Subinspector de pardos, Juan de Dios Vial Santelices, que había sondeado los ánimos de los oficiales y tropa de los pardos para indisponerlos contra el gobierno de turno. En consecuencia, el Subinspector pidió testimonios a parte de la oficialidad de los pardos quienes entregaron su apoyo a Juan de Dios Vial desmintiendo que intentó amotinar algún cuerpo militar contra el gobierno.

Pese a esta situación menor, la vida de la unidad siguió su curso y al igual que sus pares, fueron llamados a servicio para hacer frente a una inesperada amenaza, los patriotas de Concepción liderados por Juan Martínez de Rozas. Este líder político exigía volver a una representación legislativa equitativa como se había planteado en sus orígenes, situación que cambió con la llegada al poder del grupo carrerista, dado que habían clausurado el Congreso Nacional el 2 de diciembre mediante un nuevo golpe de Estado. Esto finalmente ocasionó el quiebre entre ambas ciudades, y Concepción movilizó sus fuerzas, lo que provocó a su vez, que las tropas capitalinas fueran enviadas hasta Talca. 

Vestimenta de los milicianos

Solamente partieron las tropas regulares, y pese a que posteriormente hubo un pedido de los oficiales de las diversas unidades de milicias disciplinadas, estas no fueron enviadas.

Cabe recordar que las milicias disciplinadas, solamente realizaban asamblea (instrucción) de forma esporádica, generalmente los fines de semana. Pero recibían paga cuando se les llamaba al servicio, el resto del tiempo, solo los oficiales y suboficiales encargados de su instrucción recibían un prest.

Es por esto que permanecieron acuartelados en la capital en espera de ser llamados, cosa que no ocurrió. Luego fueron liberados de sus obligaciones con fecha 30 de Mayo ya que el erario debió privilegiar el pago de las tropas del sur y el de los Voluntarios de la Patria. Finalmente fueron movilizados por José Miguel Carrera, el 1 de Junio de 1812, cuando inició la campaña en el Sur por el desembarco de la primera expedición realista al mando del brigadier Antonio Pareja.

Los pagos se hacían mensualmente, pero en caso de que el servicio fuera solo algunos días, se les entregaba la proporción correspondiente.

-          50 pesos los capitanes
-          32 pesos los tenientes
-          25 pesos para los alféreces
-          15 pesos los sargentos 1°
-          13 pesos para los sargentos 2°
-          12 pesos para los cabos 1°
-          11 pesos para los cabos 2° (pífano y tambor)
-          10 pesos para los soldados

Este sueldo tenía que servirles para reemplazar el que alcanzaban con sus labores diarias, y también era ocupado, al menos por los oficiales, para comprar su propio uniforme, el que presentaba un carácter de obligatorio. Sin embargo, en el caso de la tropa dependía del comandante del cuerpo, dado que podía permitirles usar un simple poncho como uniforme en caso de ser necesario. El uniforme que utilizaron los pardos, probablemente debió ser casaca y calzón encarnado, solapa, chupín y vuelta verde, ojal y botón de plata.

Por decreto del 25 de abril de 1813, el Batallón de Milicias Disciplinadas de Pardos pasó a denominarse Batallón Infantes de la Patria, según consta lo siguiente:

1.       El nombre de batallón de pardos queda para siempre abolido en el territorio de Chile. Los militares se emplean todos en la defensa de la patria i ella sin distinguir de condición los aprecia igualmente, no teniendo otra consideración sino a sus virtudes.

2.       El batallón que hasta ahora se ha conocido con este título se denominará en adelante Batallón Infantes de la Patria.

Llegaron a Talca 250 Infantes el 4 de Mayo de 1813 y se incorporaron al Ejército Restaurador. Desde allí marcharon a Longaví, sonde se dio una nueva organización a las fuerzas patriotas, pasando los Infantes junto a los Voluntarios a formar la 3° división bajo el mando del Maestre de Campo brigadier Juan Mackenna O’Really. Sin embargo, a los pocos días el Infantes fue separado de la III división e incorporado a la II, así marcharon los pardos a su bautizo de fuego, el que encontrarían el 15 del mismo mes en la Batalla de San Carlos.



Las tropas realistas fueron sorprendidas por el Ejército Restaurador bajo el mando de José Miguel Carrera en San Carlos. Su jefe interino Juan Francisco Sánchez hizo colocar a sus 27 piezas de artillería sobre un cerro y a su infantería formar un cuadrilongo protegiéndolas, a su espalda tenía el río Ñuble por lo que solamente debía preocuparse de su frente y sus alas. A su vez, el jefe patriota mandó el despliegue de sus fuerzas con la Infantería la centro, compuesta por el Batallón Granaderos de Chile y el Batallón Infantes de la Patria y la Caballería a los flancos con el objetivo de rodear a los realistas y cortarles el paso. Sin embargo, el comandante de la II división se lanzó al ataque con sus granaderos y estropeó el plan de ataque, debido a que el Granaderos se dispersó en pelotones haciendo fuego, en ese instante el Infantes entró al ataque de frente y sufrió la misma suerte. Pese a que ambas unidades continuaron el combate hasta la tarde, la batalla estaba decidida a favor del bando realista.

Posteriormente, Sánchez se encerró en Chillán y los patriotas ocuparon Concepción el 23 de Mayo. No ocurrió lo mismo con Talcahuano que se hallaba defendida tanto por tierra como por mar, debió ser tomada por la fuerza.

Al amanecer del día 29 las guerrillas del capitán Joaquín Prieto y del teniente Ramón Freire, apoyadas por 200 soldados del Batallón de Infantes de la Patria con 2 piezas de artillería, atacaban las alturas del morro, mientras, el resto de la infantería, reforzado por un cañón, avanzó por las alturas cercanas a San Vicente y obligó a los defensores a huir hacia los buques surtos en la rada, dejando un buen número de muertos y ciento cincuenta prisioneros.

Batalla del Roble

Luego de esta acción el batallón participó en pequeñas acciones de guerra, pero no como unidad, sino que fraccionado. Uno de sus pelotones junto a otro del Voluntarios de la Patria fue aniquilado el 1 de Julio en camino hacia Chillán como refuerzo de las fuerzas sitiadoras. Parte de sus fuerzas estuvieron en el sitio de Chillán y partició en las acciones del 2 y 5 de agosto. Otra quedó de guarnición en Talcahuano y otra continuó esta primera campaña y sufrió el ataque nocturno durante la Batalla del Roble el 17 de octubre de 1813.

Luego de estos combates los oficiales se vieron envueltos en otro incidente político, producto de la desunión de José Miguel Carrera y sus hermanos. Sin embargo, Carrera retrasaba su partida y cuando lo hizo, el quiebre entre las tropas era evidente, algunos apoyaban a O’Higgins, nuevo Comandante en Jefe y otros al saliente. Por este motivo, la oficialidad del Infantes y de los Voluntarios de la Patria junto a la de los cuerpos milicianos acantonados en el campamento militar del Troncón, redactaron el siguiente documento:

Excmo. Señor:

Deseosos de precaver los insultos que nos anuncia la situación en que nos hallamos expuestos por la poca consideración de los jefes al bien público y a padecer las vejaciones de los enemigos que con insolencia intentan violar nuestros derechos y coartar nuestra libertad; usando de ella y de los medios más oportunos que inspira la prudencia, hemos pactado aproximarse a Itata con la fuerza de los infantes de la patria y los voluntarios, uniendo a estos los milicianos de Concepción con tras divisiones que se reunirán en el caso hasta formar una fuerza de doscientos y más fusileros.

Finalmente, el anterior problema se vio resuelto por la captura de los Carrera y por la llegada de una nueva expedición realista, esta vez al mando del brigadier Gabino Gaínza. El Batallón Infantes de la Patria antes de comenzar esta nueva campaña, recibió un refuerzo aproximado de 150 pardos que se habían quedado de guarnición en Santiago, lo que en parte supliría las bajas experimentadas por este cuerpo debido a los combates, las enfermedades y las deserciones.

La primera acción de importancia de esta nueva campaña fue la captura de Talca, la que se hallaba defendida por una reducida fuerza de 110 fusileros, 70 artilleros y 30 milicianos de caballería. Entro los primeros de la anterior relación se encontraban un número indeterminados de pardos, uno de ellos fue José Romero, conocido como Zambo Peluca, estaba en la defensa de Talca y sobrevivió a la Guerra de Independencia y llegar al grado de sargento mayor.

Los patriotas estaban acampados en el Quilo y el Membrillar, esperando los refuerzos al mando de Blanco Encalada. Parte de los Infantes junto a otras fuerzas que se hallaban en Quilo bajo el mando de O’Higgins lograron rechazar fácilmente a las tropas realistas aquel 16 de marzo de 1814, dado que estas estaban constituidas, en su mayoría por guerrilleros y su misión no era atacar a O’Higgins sino distraerlo. Los núcleos patriotas de O’Higgins y Mackenna localizados respectivamente en el Quilo y el Membrillar no podían ir en refuerzo, así que debieron prepararse para la defensa. El primero de ellos se tardó en ir como refuerzo de Mackenna debido al temor que tenía de ser atacado nuevamente, lo que ocasionó que el brigadier irlandés tuviera que afrontar con sus fuerzas el ataque del grueso realista aquel 20 del mismo mes. Posteriormente, los realistas acabaron con un refuerzo conducido por Blanco Encalada en Cancha Rayada el 29 de marzo de 1814. Lo que dejó a las fuerzas patriotas en un mal estado, pero a su vez los realistas tampoco estaban mejor, lo que di opaso a las negociaciones que culminaron en el Tratado de Lircay el 3 de Mayo del mismo año, que fue una tregua necesaria para ambas fuerzas.



Dicha paz transitoria se vio interrumpida por el golpe de Estado que dieron los Carrera el 23 de Julio de 1814 en Santiago, lo que provocó la reacción de O’Higgins y sus fuerzas. La oficialidad que estaba bajo su mando en Junta de Guerra celebrada el 28 de Julio en Talca resolvió por voto casi unánime (sólo José María Benavente estuvo en contra ya que era amigo personal de los Carrera) marchar a reponer las autoridades sacadas por los Carrera por la fuerza de ser necesario. El único oficial de los Infantes que tenía el grado mínimo requerido de capitán para participar en dicha votación y decidir por su cuerpo, dijo lo siguiente:

El capitán de Infantes de la Patria don Joaquín Alcaya dijo que opinaba del mismo modo que el capitán Correa (este opinó lo siguiente: que estando cierto que las corporaciones de la capital de Santiago no tenían facultad para elegir un gobierno que mandase a todo el reino, no obedecía a la autoridad nuevamente instituida) y lo firmó.

Una vez tomada la decisión, las fuerzas del Ejército Restaurador bajo el mando de O’Higgins partieron a cumplir su cometido. Pero como era de esperarse, José Miguel Carrera logró alistar las pocas fuerzas que poseía en la capital y se preparó para la defensa en la línea de Las Tres Acequias, al este del río Maipo, dejando al mando de ellas a su hermano, el coronel de Artillería Luis Carrera. La vanguardia de O´Higgins compuesta de Dragones de la Frontera, el 26 de agosto fue recibida por tiros de los fusileros y de la artillería carrerista y posteriormente fueron atacados por las milicias de Caballería, por lo que debieron retirarse derrotados. Mas O’Higgins no había renunciado a intentar otro ataque con todas sus fuerzas, siendo un elemento principal de este nuevo intento los Infantes de la Patria. Cuando recibió la noticia de la llegada de un emisario del brigadier Mariano Osorio, jefe de la tercera expedición realista, se vio obligado a buscar un acuerdo con José Miguel Carrera y unir sus escasas fuerzas para afrontar esta última campaña.

Las fuerzas del batallón se hallaban muy disminuidas, por el desgaste natural de campaña y además, porque habían perdido los hombres que guarnecían Talcahuano. El brigadier Osorio desembarcó sus fuerzas en Talcahuano el 13 de agosto y rindieron Concepción el mismo día luego de una defensa a la desesperada realizada por la escasa tropa patriota, compuesta por 130 fusileros, 60 lanceros y algunos vecinos. Todas las fuerzas que protegían la ciudad, entre ellos un pelotón de Infantes, fueron hechos prisioneros por varios años, como lo fue el sargento 1° Tadeo Mateluna.

Dando por perdidas las fuerzas al sur del río Maipo, José Miguel Carrera comenzó a reorganizar las tropas. El Batallón de Infantes de la Patria junto al Regimiento de Ingenuos de la Patria, se unieron para formar el Batallón de Infantería de Línea N°4.

Los Ingenuos de la Patria fue una unidad creada por decreto de la Junta Gubernativa de Chile el 25 de agosto de 1814. En base a esclavos que debían entregar sus dueños a los que se les pagaría el precio de venta normal. Estos hombres al ser incorporados en esta unidad podían acceder a su libertad pero luchando por ella. Lamentablemente, por falta de instrucción y el poco tiempo que hubo no fueron una fuerza efectiva.



Al analizar la nueva estructura del Batallón, se puede dar cuenta que los Infantes de la Patria finalmente pasaron a ser una unidad regular y por ende, tuvieron por primera vez una capellán y un cirujano.

Supuestamente, el  nuevo Batallón de Infantería de Línea N°4 debió tener una fuerza de 700 hombres sin contar a su Plana Mayor. Pero cabe preguntarse de dónde iba a sacar esa cantidad de soldados pardos. Por suerte había 100 Infantes resguardando Valparaíso junto a otras fuerzas desde el comienzo de la guerra. Estos fueron llamados por Carrera el 28 de Julio de 1814 para la capital. Según las anotaciones del mismo Carrera en su diario, los Infantes que estaban bajo el mando de O’Higgins después del combate de Tres Acequias eran solamente 47. Esto sin contar los Ingenuos que pudo haber reunido desde su reciente creación. Por lo que resulta muy lógico que en el estado de fuerzas de las tropas que combatirían en Rancagua, el Batallón de Línea N°4 solamente tuviera una fuerza de 186 soldados y 9 oficiales incluyendo a su comandante Ambrosio Rodríguez.




El batallón marchó al sur como parte de la III división que se encontraba bajo las órdenes directas del coronel Luis Carrera. Hubo una divergencia de planes entre O’Higgins y José Miguel Carrera, el primero quería hacer resistencia en Rancagua y el segundo en Angostura de Paine.

Finalmente no se realizó ninguno de los dos planes a cabalidad, se fortificó en algún grado la Angostura de Paine y se dejaron fuerzas resguardando el Cachapoal. Debido a que las tropas realistas lograron traspasar dicho río sin ser impedidos, las fuerzas de la I y II divisiones se encerraron en Rancagua. Así comenzó el 1° de octubre la sangrienta y larga batalla que duró hasta el día siguiente. Por suerte para los Infantes su nueva unidad estaba encuadrada en la III división y no sufrieron el rigor de la tabla aunque el 2 de octubre realizaron un ataque para que los patriotas efectuaran una salida de dicha plaza que no concretaron por falta de coordinación. Posteriormente los restos de la I y II realizaron una salida a la fuerza, rompiendo el cerco realista y retirándose con los que quedaba de la III.

Pero este no fue el fin de las penurias de los Infantes, ya que tuvieron que proteger la retirada patriota y entablar un último combate en la Ladera de los Papeles. Como informa el mismo Osorio en un comunicado al Virrey del Perú.

El enemigo, en precipitada fuga, abandonándolo todo y con poquísima gente, pues quizá no llegaría a cien hombres, pasó la cordillera del 13 al 14; desde Colina a la cumbre de Los Andes, hasta donde se les pudo seguir, se le tomaron nueve piezas de artillería de diferentes calibres, con algunas cureñas que no tuvo tiempo de quemar; muchas municiones, particularmente de cañón, más de 300 fusiles, más de 200 prisioneros, sin contar 36 muertos que tuvo en la pequeña acción que quiso sostener en la altura más arriba de la ladera llamada de Los Papeles, dentro de la cordillera; la bandera del Batallón de Ingenuos, con la misma divisa negra…

Esta información se puede contrastar con la que existe anotada en la Hoja de Servicios de Pedro Nolasco Vial.

En la de Rancagua desde el 26 de setiembre hasta el 15 de octubre de 1814, al mando del Batallón Infantes de la Patria i cuatro piezas de artillería i con la fuerza que salvó de la acción de Rancagua en los días 1 y 2 de octubre protegió la retirada hasta la otra banda de la cordillera, precipitó los cañones en la ladera de los Papeles, por la imposibilidad de conducirlos i entregó en Mendoza en 16 de octubre 14 artilleros y 94 infantes con sus armas y bandera de batallón.

En ambas fuentes queda claro que en la cuesta de Los Papeles, las fuerzas patriotas que sobrevivieron al enfrentamiento de los realistas eran alrededor de 100 hombres, que se vieron obligados a abandonar los cañones y que su infantería estaba compuesta por hombres de color. Ninguna de las fuentes miente en su relato, debido a que el Batallón de Infantería de Línea N°4 solamente existía de nombre y que en la realidad, tanto los Infantes como los Ingenuos, operaban como unidades independientes cada una con su propia bandera. La del Ingenuos fue capturada pero la del Infantes logró llegar a salvo a Mendoza conducida por los restos de este golpeado batallón.



Así terminó la destacada actuación de los denominados pardos, gente de color que pertenecía al bajo pueblo, preferentemente artesanos y maestros de oficio. De los aproximadamente 370 hombres que servían en esta unidad para abril de 1811, apenas lograron llegar a Mendoza unos 94. Una cifra atroz, ya que entre muertos y prisioneros la unidad perdió el 75% de su fuerza. Pero este no fue el final de la lucha, ya que en primera instancia fueron incorporados el 1 de noviembre al batallón de Auxiliares de Córdoba, para luego ser llamados de forma exclusiva, tanto los Infantes como los Ingenuos y esclavos chilenos para formar un cuerpo cuando regresaran a Chile. Una vez ocurrida la victoria de Chacabuco e instalado el gobierno de O’Higgins, este, mediante un decreto estableció la reorganización del Infantes de la Patria, participando en la Batalla de Maipú.




Fuentes:

- La actuación del Batallón de Infantes de la Patria durante la Patria Vieja. Claudio Vivanco
- Artesanos Mulatos y Soldados Beneméritos. Hugo Contreras Cruces
- http://ong-oronegro.blogspot.cl



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