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Crímenes de Chile: La muerte de Pedro de Miranda



El 01 de Noviembre de 1573, Santiago del Nuevo Extremo era apenas un conjunto de casas de madera alrededor de una plaza. Pero no una plaza como la imaginamos ahora, sino una típica plaza española, es decir, un cuadrado de tierra vacío con una pileta de agua para el servicio doméstico, un sitio apartado  para las ejecuciones, mercado de abastos en el costado y las instituciones alrededor (Iglesia, Casa del Gobernador y la Cárcel). 

Las primeras casas de los colonos, levantadas de madera y paja habían cambiado para dar forma a casas fuertes y de fachada contínua como sería el tópico normal en la arquitectura colonial chilena. Pero ese día, no sabemos la hora precisa, la casa de altos (la primera construida en Chile) que ocupaba el solar nororiente al costado de la plaza (hoy Estado esquina Monjitas), esto es, frente a la Iglesia Mayor, fue el lugar escogido por el demonio para soltar su cola y masacrar a sus ocupantes, lo que sería conocido como el primer crimen social de la historia documentada de Chile, según la clasificación de Vicuña Mackenna.





Dueño de este magnífico solar, era don Pedro de Miranda, natural de Navarra, hijo de Sancho García de Miranda y María González de Bodeva. Nacido en 1517. Con apenas 18 años se embarca en Sanlúcar de Barrameda con dirección a Nueva Granada y desde ahí, no aparece en los registros hasta que en 1539 se entera de la expedición de Valdivia hacia Chile a la que se suma desde el primer momento. 

"Puesto Pedro de Valdivia en la plaza mayor de la ciudad del Cuzco con los españoles que lo seguían, i enarbolado el real estandarte por Pedro de Miranda, alférez mayor, entró en la catedral con los  principales oficiales de su pequeño ejército, i en manos de su ilustrísimo Prelado don frai Vicence Valverde, hicieron voto de dedicar el primer templo que levantasen en Chile la Asunción de la Virgen María, i la primera ciudad que fundara el apóstol Santiago. Recibida la bendición episcopal, i admitidos por capellanes del ejército a los licenciados don Bartolomé Rodrigo González Marmolejo i don Diego de Medina, volvió a la plaza mayor, i ocupando cada uno su puesto se puso en marcha para la ciudad de La Plata."

Fue testigo de la fundación de la ciudad y, cuando en 1541 Santiago fue incendiado por los naturales, Pedro de Miranda fue enviado con Alonso Monroy al Perú a buscar refuerzos. Como el barco que estaban construyendo en Concón fue destruído, el viaje debió ser realizado a caballo. En el camino, cerca de Copiapó fueron atacados por los índigenas de la zona que estaban en pie de guerra y tomados prisioneros. Los cuatro hombres que conformaban la guardia fueron muertos, pero Miranda y Monroy fueron tenidos como prisioneros gracias al mismo Miranda, quien "amenizaba su labor tocando en un txistú (flauta de tres hoyos) canciones vascas tradicionales". Esta habilidad, su ingenio y encanto personal, ya que logró enamorar a Pichimanqui, hija del cacique local, quien abogó por él, los mantuvo con vida. Los indios lo dejaron vivo a cambio de que les enseñara a tocar el instrumento y de que Monroy les enseñara a cabalgar. Eran mantenidos en forma separada y sin armas, pero se las ingenieron para comunicarse y acordar la fuga. Un buen día, alejados del campamento indígena, hirieron, con unas dagas previamente guardadas en los borceguíes, a los indios que estaban con ellos (incluido el cacique y casi suegro) y partieron al galope por el despoblado de Atacama.



De su suerte no sabían, pero se pusieron a rezar, que para eso eran españoles bien encomendados a sus patronos. Quiso la providencia que en medio de la nada, apareciera un animal (cabra u oveja) cargada con unos sacos de granos, salvándolos de morir de hambre. De esta forma lograron llegar al Cuzco y dar cuenta de la situación de Santiago.

Una vez allí, se enteraron de la muerte de Pizarro (auspiciador de Valdivia y a quien debían solicitar auxilios) por parte de las fuerzas de Diego de Almagro el mozo; en su lugar, debieron hablar con don Cristóbal Vaca de Castro, el nuevo gobernador y amigo personal de Pedro de Valdivia.

Llegaron a Santiago por mar, en diciembre de 1543 trayendo los refuerzos pedidos y otros por tierra que llegarían más tarde.

Esta y otras actividades destacadas le valieron ser parte de las primeras entregas de tierra entre los conquistadores, concediéndole, mediante un bando pregonado, la Encomienda de Copequén, ubicada en el valle del Cachapoal (del mapudungún Kachu pual, es decir "pasto que hace delirar") abarcando "desde el Tambo e Iglesia de Copequén orillando el Cachapoal arriba hasta su junta con el río de Codegua y desde allí hasta las tierras de Gultro", esto es, por el costado nororiente del Cachapoal y a solo 16 km de Rancagua, capital regional y 99 km de Santiago.

Participó activamente en la Guerra de Arauco, siendo inmortalizado en el poema La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga. Y ostentó en diversos años, títulos de autoridad en la capital como Mayordomo de Iglesia, Procurador de Santiago, Regidor, Fundador de Cañete y Alcalde en la capital.



Como se puede apreciar, no era un simple ciudadano. Y por eso vivía en un solar en la Plaza Mayor teniendo de vecino nada menos que a Francisco de Aguirre. Según comentaba antes, su casa fue la primera "casa de altos" (dos pisos) en el país, construida con madera de canelo, cortada y labrada en la estancia de don Pedro, que hasta el día lleva el nombre de Lo Miranda, en Copequén.

Casado (probablemente en 1564) con la sobrina del Adelantado Jerónimo de Alderete, doña Esperanza de Rueda, hija legítima de Pedro de Rueda y María Toda de Soria, originarios de Zaragoza, con quien tuvo 9 hijos.

Antes de casarse, como casi todos los conquistadores, tuvo hijos mestizos a quienes reconoció y vivió con ellos: Catalina y Jerónimo.

Era Catalina hija de india, pero muy hermosa y llamaba la atención de hombres y mujeres cuando pasaba. Casada con Bernabé Mejía, vecino de Concepción y y soldado que viajaba constantemente al sur a combatir en la Guerra de Arauco. Durante sus ausencias, Catalina pasaba el día en la casa de su padre, para tranquilidad de su celoso marido y la suya propia. Hombre bruto y valiente, también era celópata y cuando estaba en la capital, no dejaba que su mujer saliera a ninguna parte, no fuera algún otro a mirarla. Literalmente, ni a misa...



El día 01 de Noviembre de 1573, se celebraba la misa de Vísperas de Difuntos en la Iglesia Mayor, que, como dijimos, estaba ubicada al frente del solar de los Miranda, solo debían cruzar la plaza. Quiso doña Esperanza, embarazada de su marido don Pedro, invitar a su hijastra Catalina, quien también estaba embarazada, a asistir a la misa. Bernabé Mejía, el soldado bruto, una vez más no quiso dejar salir a su mujer y a gritos le dijo lo que pensaba. Ella no quiso molestarlo y le dijo a su madrastra que no iría, actitud sumisa que enojó mucho a doña Esperanza y comenzó una fuerte discusión con su yerno. Pero el soldado no estaba para aguantar disparates de una mujer que para eso era el hombre y mandaba a su propia mujer y si no quería que ella saliera, pues no salía. Doña Esperanza, que no se amilanaba le "dijo un par de cosas de las que suelen decir las mujeres cuando están bravas" mientras su hija ni se acercaba a la puerta y solo atinaba a llorar.

La respuesta que recibió doña Esperanza fue inesperada. Preso de una ira incontrolada, Bernabé sacó su espada y la clavó en el centro de la mujer que ponía en duda su capacidad de hombre de la casa. Su propia esposa, llena de espanto intentó detenerlo pero nada podía parar a quien ya todo veía de rojo y recibió también una estocada en pleno vientre para quedar tirada, muerta al lado de su muerta madrastra.

Eran tales los llantos y el griterío que don Pedro, que estaba durmiendo en sus habitaciones salió a mirar qué sucedía y se encontró con el terrible espectáculo de su mujer y su hija tiradas en el suelo ensangrentadas y el infame, aun con la espada llena de sangre en el centro de la habitación. En ese momento, un comerciante llamado Francisco Soto, que estaba negociando unos caballos con don Pedro, también se asomó a ayudar a las mujeres. Ambos hombres, ya mayores, quisieron detener al asesino pero la juventud fue más rápida y ambos murieron por la misma espada. 



La servidumbre de la casa no daba más de terror en contra de esa bestia en que se había convertido el español y salieron pidiendo ayuda. Los vecinos que se acercaban a misa y demás paseantes hicieron fuerza común y lograron apresar al energúmeno. Y en el furor de la plebe, lo golpearon, mataron y arrastraron por la ciudad.

Según  Mariño de Lovera, luego de eso fue descuartizado, colgando los pedazos en la puerta de la misma casa, teatro de tan horrorosa tragedia.






Fuentes:

- Historia Crítica y Social de Santiago. Tomo I. Benjamín Vicuña Mackenna
- Crónicas del Reino de Chile. Pedro Mariño de Lovera
- Historia de Góngora y Marmolejo.
- Los Conquistadores de Chile. Thomás Thayer Ojeda.
- Genea-logica.blogspot.cl
- Cuentos con historia: Chile siglos XVI, XVII, XVIII

De boticas y boticarios



Toda civilización se preocupa por la salud de su pueblo, es así como tenemos desde los inicios de la humanidad, en cada tribu, clan o aldea, a personajes dedicados a mantener el bienestar físico y espiritual de cada individuo. Casi por normal general, eran los sacerdote, brujos o chamanes los encargados de esto. No es casualidad entonces que en Chile colonizado, fueran los sacerdotes jesuitas los que tuvieran el dispensario de medicinas más completo y grande del reino. Claro que eran ellos quienes decidían qué enfermedades se sanaban con un tónico y cuales con un buen Avemaría...

La más antigua de las boticas de la capital de Chile fue la del Hospital San Juan de Dios, fundado aproximadamente entre 1552 y 1554. En un principio fue administrada por el Cabildo, quien designaba al Mayordomo y cualquier ciudadano podía atenderse allí y hacer uso de su medicamentos. En ese tiempo se le conocía como el Hospital real. Ya para 1617 se le entregó el patronato a la Orden San Juan de Dios desde ese año hasta 1823 cuando, en plena República, el estado decidió hacerse cargo de la salud pública. Durante los primeros años de la administración religiosa, la botica pasó a ser de uso privado, pero, con el correr del tiempo y las necesidades apremiantes, volvió a ser pública pero no con la calidad y variedad de su competidora principal, la Botica de los jesuitas.

La primera botica pública del país, perteneció a Francisco de Bilbao, nacido en 1528 y que regentaba una botica en Lima. Llegó a Chile en 1549 con Francisco de Villagra y comenzó su negocio en 1556, pero no le fue muy bien ya que existen quejas en su contra "por cuanto en esta ciudad se quejan públicamente muchas personas que Francisco Bilbao, boticario, vende a muy excesivo precio las medicinas que vende y recetan en su botica". (Mal endémico de este país desde los inicios).

Es probable que esta haya sido traspasada a Gonzalo Bazán, polémico médico que ya el 11 de Enero de 1557, presenta una denuncia en su contra de por andar "untando" (con mercurio) indios sin ningún acierto, como dice el procurador de la ciudad "me parece cosa conveniente mirar y requerir el hospital, que Bazán lo cura y unta muchos indios de ellos, los cuales como no se guardan, se mueren todos". Se le dio a elegir a Bazán entre seguir de médico o farmacéutico. Eligió lo último. Claro bajo la condición de que "en la Botica no receta cosa alguna de la Botica".

Aun así, pese a la prohibición de ejercer como médico, en 1563, fue cuando se dedicó a "sanar" a Francisco de Villagra, según cuenta González Marmolejo, que Villagra, sintiéndose con insufribles dolores articulares en los pies, probablemente gotosos, "encomendose a un médico que tenía plática en dar unciones con azogue preparado con muchas otras cosas, se puso en sus manos. El médico, llamado bachiller Bazán, le tomó a su cargo, aderezándole un aposento que estuviese abrigado por ser en mitad del invierno, lo comenzó a curar, estando siempre este médico con él. Como las unciones le provocasen sed, estando el médico un día ausente, pidió a un criado suyo le diese una redoma de agua, no se la queriendo dar, porque la orden que tenía era ansí, no dándosela su criado se la dió un pariente suyo, casado con una hermana de su mujer, llamado Mazo de Alderete, de la cual agua bebió todo lo que quiso. Acabado de beber se sintió mortal y mandó llamar al médico que le curaba: luego que vino, tomándole el pulso le dijo ordenase su ánima, porque el agua que había bebido le quitaba la vida: hízolo ansí, que se confesó y rescibió los sacramentos de la Iglesia". Villagra falleció a raíz de esos sucesos el 15 de Julio de 1563.

Francisco de Villagra muerto por unciones de mercurio

Volvamos a las boticas. La Compañía de Jesús llegó a Chile en 1593 y dos años más tarde comenzó la construcción del convento y el Colegio Máximo de San Miguel en el solar que ahora ocupa el antiguo Congreso Nacional en Santiago, esto es, entre las calles Bandera, Compañía, Catedral y Morandé. La botica funcionaba por el costado de Morandé. Hacia 1613, ya se documenta la existencia de la botica como dispensario de medicamentos para los enfermos de la orden. Posteriormente, en 1644 se transformó en botica pública aunque existe documentación respecto de la adquisición de un establecimiento particular en 1647 y la exigencia de poner a un farmacéutico especializado traído desde España para iniciar su funcionamiento.

No era la única farmacia del reino, pero sí la mejor y y más equipada. Con fecha 8 de Julio de 1644, el farmacéutico Andrés Ruiz Correa, que desde hace algunos años tenía oficina en Santiago, se presentó al Cabildo a requerir su apoyo para que los jesuitas cerrasen la suya ya que la competencia derivada de su apertura al público general afectaba gravemente su negocio. Para solucionar el problema, se decidió que la farmacia de don Andrés pasara a ser parte de la Botica de los Jesuitas y la venta se llevó a cabo el 30 de septiembre de ese mismo año.




Aprovechando la oportunidad y renombre, los jesuitas, ni tontos ni perezosos, decidieron subir los precios de sus productos generando una queja formal de parte de los vecinos tal como dice el informe del procurador en 1646 "que hay muchas quejas en la ciudad de que en la Botica de la Compañía de Jesús se venden las medicinas por muy subidos y exorbitantes precios, cosa que quiere grave remedio". Por lo tanto, se decidió transformarla en Botica pública, esto es, sujeta a las leyes de la Corona española que ejercía un control estricto sobre las farmacias, validando los precios de sus productos, calidad de los procesos y formación académica de sus responsables.

El terremoto del 13 de Mayo de 1647 destruyó gran parte del Colegio Máximo y la Botica fue seriamente dañada, pero, conforme la necesidad de la gente, la restauración se inició rápidamente transformándola en una de las más grandes y mejores de las colonias americanas.

En 1748 llegaron a Chile tres hermanos jesuitas provenientes de Alemania. Eran farmacéuticos graduados en Europa: José Zeitler, Juan Seither y Juan Schmaldpaner.

Del gran aporte de estos jesuitas no cabe duda. Sin embargo, el que más destacó por su dedicación a la botica y al estudio de la farmacopea de la antigüedad, de la europea moderna e incluso de la americana indígena, fue José Zeitler.

Zeitler nació en Waldsasse, en Baviera, en 1724. Ingresó a los 22 años a la Compañía de Jesús como hermano con el título de farmacéutico. Al llegar a Santiago tomó a su cargo la botica, que ya tenía un enorme prestigio a nivel local. Trabajó en la botica por más de 22 años seguidos. Con gran dedicación y celo era un personaje estimado por toda la comunidad. Atendía tanto de día como de noche, sin distinción de clases, dedicado a su vocación de manera ejemplar.

La botica de los jesuitas de Santiago fue además un lugar en donde se tuvo una biblioteca de primer nivel. Con el paso de los años, el mismo hermano Zeitler juntó una bien dotada biblioteca con libros de farmacia, medicina, cirugía y química que sumaban más de 100 volúmenes en 1767 año en que fueron expulsado los jesuitas del territorio nacional.


Plano del Colegio Máximo de San Miguel

La botica, al estar anexada al Colegio Máximo de San Miguel en un principio debía correr la misma suerte que el colegio. Sin embargo, debido a la importancia que había adquirido en la comunidad, el Cabildo decidió mantenerla funcionando. Cinco años demoraron en encontrar alguien que pudiera reemplazar al hermano Zeitler. Finalmente ésta fue entregada a don Salvio del Villar y Jach, en junio de 1771. José Zeitler entonces fue enviado a Valparaíso en donde quedó detenido en el Convento de San Juan de Dios, siendo enviado al Perú en febrero de 1772, cumpliéndose así la orden de expulsión de los jesuitas de Chile.

Estaba emplazada dentro de la clausura del colegio, cerraba a mediodía y en las noches por lo que se les solicitó en 1696 que "se abra una ventana a la calle y que se disponga que esté común a todas horas y que esté sujeta a la visita, para el conocimiento de las medicinas". Pero a 1710 todavía funcionaba de la misma manera pero había ampliado sus instalaciones, aumentado su personal y equipo de trabajo.

El Colegio Máximo de San Miguel era un edificio de dos pisos que en su parte principal estaba construido de ladrillo  y contenía ocho patios circundados de espaciosos corredores con nutridas habitaciones. Los patios, según el destino de los edificios que a ellos daban eran conocidos por diversos nombres: el más amplio, el de los estudiantes; daban a la Capilla del Colegio, la Biblioteca, llamada la librería, la sala de estar o el quiete, las salas de estudio y otras dependencias; el patio de la portería, el del pozo o de la procuradoría y el quinto patio era el de la Botica.




Esta ocupaba un extenso salón que por una de sus puertas daba al patio ya mencionado y por otra a la calle de la que se encontraba separada por una reja. Sus muros estaban llenos de estantes que contenían 311 cajones y dos sotanitos. En las paredes, entre los estantes y el techo, habían tres hornacinas, una con la imagen de San José y las otras dos con imágenes de Nuestra Señora de la Purísima, aunque solo una estaba vestida con "túnica de glasé, manto de brocato con franja de plata, zarcillos de perlitas y corona de plata de filigrana".

En medio del salón, un gran mostrador con sus cajones y sobre este "dos medios ancos de fierro y pendiente de arriba una varilla de fierro que pasa por todo el largo del mostrador de que penden las balancitas".

Frente a esta sala se encontraba el doblado con estantería colocada sobre pedestal y en ella 126 cajones, con tiradores de fierro y madera de laurel y un tinglado donde se encontraban instrumentos como  filas, retortas y alambiques.

Un tercer cuarto hacía de esquina en el patio y tenía "tres andanas de estantes de tabla corridas" usada como bodega.

En su inventario encontramos más de 900 productos como materia prima para otras preparaciones, un sinfin de frascos, limetas y redomas, botas de estaño y peltre, frascos de cristal, cucharas y espátulas. Alambiques, retortas, embudos, orinales y un almirez en vidrios de Bohemia y España. De cobre y bronce habían peroles, perforato, caceta y morteros. Pailas, sartenes, crisoles, lebrillos, tachos y demás. También braseros y una canaleta para fundir piedra infernal, que todavía se usa pero se conoce como Nitrato de Plata para quemar verrugas. Entre estos miles de utensilios y otros más, había también un esqueleto bien conservado y un embrión.

Ahora bien, una cosa es que en esos años fuera considerada una farmacia de prestigio, pero al revisar sus recetas y compuestos, la verdad, con algunas se ponen los pelos de punta. Cabe destacar el uso amplio de la herbolaria y las bien conocidas "agüitas" que tanto recomiendan las abuelitas para todo mal.

Entre sus productos se podía encontrar:

  • Acacias de distintas especies
  • Aceite de canimé
  • Aceite de oliva
  • Aceite de María
  • Aceite de Vulpino (extraído de zorros)
  • Agno Casto (para tener deseos puros)
  • Distintos tipos de aguas, incluida el agua de las Carmelitas
  • Antimonio diaforético (antipirético)
  • Bálsamo anodino (Analgésico tópico)
  • Bálsamo de cachorros (a base de perros recién nacidos)
  • Cachanlangüen (de la flora autóctona de Chile. Útil contra la fiebre, dolor de estomago, antihelmíntico, antipirético, anti ictérico y e incluso para el reumatismo)
  • Castóreo (extraída de castores. Útil en casos de histeria, hipocondrismo, apoplejía, parálisis y epilepsia)
  • Cráneo humano (para la epilepsia)
  • Euforbio (es el látex. Se usaba para dolores articulares)
  • Aceite de alacranes (dolor de oídos)

Una revisión más detallada de las recetas y productos, lo dejaré para una próxima oportunidad.



Fuentes:
- Médicos de antaño. Benjamín Vicuña Mackenna
- Hospitales fundados en Chile durante la Colonia. Enrique Laval.
- La Botica de los jesuitas de Santiago. Enrique Laval

Las mujeres de Pedro de Valdivia: compañera hasta la muerte Juana Jiménez

Bastante difícil ha sido encontrar antecedentes sobre la última de las mujeres de conquistador. Se trata de Juana Jiménez, quien se juntó con Pedro de Valdivia en Perú cuando éste fue a solicitar la confirmación de su cargo a Lima.


Corre el año 1547, Valdivia decide que hay que partir a Perú a solicitar refuerzos, pertrechos y víveres que permitan consolidar su trabajo de conquista para la corona, y además confirmar su nombramiento como gobernador, pero los colonos, ya no están dispuestos a entregar más aportes voluntarios luego de que la expedición de Monroy fracasara. A decir verdad, ya se hablaba de dejar el país y volver hacia España o Perú con lo que ya habían conseguido y no seguir sufriendo en esta tierra. Ante esto, Valdivia concibe un plan que no compartió con nadie, salvo dos personas más. Les hace saber a todos que reconoce la dificultades sufridas por todos, así que cada uno es libre de marcharse o quedarse según su deseo, que dispondrá de una nave que los transportará a ellos con todas sus cosas hasta Lima y que se llevaran todo su oro para demostrar al resto del mundo, que este pedazo de tierra no era tan miserable como decían. Quince españoles quisieron marcharse y embarcaron todos sus bienes. La noche antes del anunciado viaje, Valdivia los agasajó con un gran festín y, mientras estaban todos disfrutando, se fue a Valparaíso, tomó la nave y partió a Lima. Decir que hubo descontento es poco. Las mayores maldiciones conocidas en España fueron dichas a su nombre. Dejó una carta donde explicaba que lo hacía para continuar el servicio a Su Majestad y que en su lugar dejaba a cargo a Jerónimo de Alderete y Francisco de Villagra en quienes también recayó la orden de ir pagando lo usurpado con lo que le correspondía de la producción de oro del Marga Marga. A Inés de Suárez también la dejó sin aviso y luego le mandaba una carta profesando amor y perdón; aunque no lo sabían en ese momento, no volverían a estar juntos.





Valdivia demoró poco más de un año en regresar ya que estuvo al servicio del Virrey de La Gasca en contra de Gonzalo Pizarro, su antiguo superior que lo había autorizado a la expedición a Chile. Además, enfrentó los cargos hechos por sus enemigos cuando fue acusado de desobediencia a la autoridad de los delegados del Rey, tiranía y crueldad con sus subalternos, codicia insaciable y irreligiosidad y costumbre relajadas con escándalo público. Tal como hemos comentado en entradas anteriores, Valdivia libró de todas las acusaciones menos de la última, ya que los testigos, tanto en favor o en contra, atestiguaron que sí vivía en amancebamiento con Inés de Suárez y de La Gasca, sacerdote al fin y al cabo, no dejó pasar esta situación. Decretó el abandono de la amante en menos de seis meses y que trajera desde España a su legítima esposa Marina Ortiz de Gaete.

La sentencia era en contra de Inés, nada decía sobre otras mujeres, así que Valdivia, a falta de una, tomó dos. María de Encío, la hermana (algunos dicen hija) de uno de sus financistas Juan de Encío, y la sirvienta de ésta, Juan Jiménez.

Ambas españolas pero de diferente cuna. Se dice que Juana manejaba a Valdivia con sus artes hechiceras y que le preparaba pociones a base de hierbas para mantener su virilidad. Pero esos pueden ser rumores ya que no existen hechos contrastables. Lo concreto es que el 21 de Enero de 1549, Juana Jiménez viaja en el San Cristóbal rumbo a Chile junto con Valdivia y María de Encío.

Vivió con él en la casa que antes fue de Inés de Suárez, incluso cuando fue herido en una pierna, fueron ellas quienes lo cuidaron y atendieron, aunque Inés fue llamada a curarlo ya que era, desde el principio de la conquista, la encargada de curar a los enfermos. Este accidente le valió una cojera por el resto de la vida al conquistador.

Valdivia casó a María de Encío con Gonzalo de Ríos y le dió como dote casi la mitad de Papudo, además de indios y dinero. Se quedó con Juana y partió al sur a fundar y conquistar. 

Vivió con ella en Concepción hasta 1553, cuando se enteró de la venida de su esposa. Ella entonces, lo deja, pese a la resistencia de Valdivia ya que su mujer no llegaría hasta 1555, todavía podrían vivir juntos algún tiempo más, pero ella insiste en irse. Algunos señalan que Valdivia la casó entonces, pero esto es improbable porque la fecha de matrimonio de Juana es posterior a la de su muerte. Con todo, es cierto que ella poseía una extensa encomienda de indios; probablemente Valdivia le quiso asegurar una buena dote antes de separarse. 





Aun así, la fecha de separación de 1553 es relativa puesto que existen otras fuentes que la muestran en 1554, todavía viviendo con Valdivia en Concepción y que se habría enterado allí de la muerte de su amante.

La llegada de Villagra a Concepción con sus maltrechas huestes, llevó al colmo de la desesperación a los habitantes de la ciudad. Nadie pensaba en la resistencia sino en la huida hacia el norte en busca de refugio. La sola idea de que apareciera el terrible caudillo araucano, había turbado los mejores ánimos y el deseo de despoblar prendió rápidamente. El pánico se había apoderado de los hombres y cuenta Antonio de Bobadilla que Juan Negrete, temblando de miedo, decía en la puerta de la casa de Valdivia "¿qué hacemos en esta ciudad? ¡qué nos han de comer vivos los indios!", en cambio, Juana Jiménez, la última concubina de Pedro de Valdivia, pateaba de rabia en el interior de la casa ante la idea del despueble.

También se señala que, enojada por la cobardía de muchos soldados, tomó espada y rodela y salió a la calle a increparlos, llamándolos gallina. Esta situación me recuerda más a otra mujer, la española Mancia de los Nidos, quien enferma, se levantó de su lecho a reprender a los soldados que estaban evacuando la ciudad... creo que se le puede haber confundido con ella, tal vez.

En 1562, a los 38 años, se casa con don Gabriel de Cifontes, quien fuera compañero de Diego de Almagro en la primera expedición a Chile, dueño de la tercera parte de un galeón español que trajo refuerzos a Concepción; luego fue nombrado Alguacil Mayor de la ciudad.





No obstante, se señala que esta mujer habría tenido por amante, estando ambos casados, nada menos que a don Alonso de Reinoso, conquistador que luchó en Honduras, México, Perú y en la Guerra de Arauco. Fue él quien, en 1558, sentenció a Caupolicán a la muerte por empalamiento. Vivió en Concepción, siendo nombrado Alcalde y Corregidor de la reconstruida ciudad. 

Existe un tercer amante de Juana Jiménez, aunque no se puede precisar; pero llama la atención que en su testamento, nombró como heredero, patrón y capellán de la obra pía que mandó fundar, a Martín del Caz. Y aunque esto de por sí, no habla de una relación extramatrimonial, el que dispusiera ser enterrada junto con este hombre da para muchas especulaciones.

Muere, finalmente en Concepción en 1576.


Fuentes:
- Memoria de los sucesos de la Guerra en Chile. Jerónimo de Quiroga.
- Historia de la vida privada en Chile. Rafael Sagredo.
- Inés del alma mía. Isabel Allende
- Mujeres de Chile. Carlos Valenzuela
- Historia de Chile, desde la prehistoria hasta 1891. Francisco Encina

Las mujeres de Pedro de Valdivia: La hechicera María de Encío

Recapitulemos: Pedro de Valdivia nace en España, se educa como soldado y cerca de los 30 años, se casa con una niña de 14 llamada Marina Ortiz de Gaete. Vive con ella durante 10 años en Extremadura hasta que un día, llega Jerónimo de Alderete contándole que están buscando gente dispuesta para empezar una nueva aventura allende los mares. Ni corto ni perezoso, agarró Valdivia la dote de su mujer, se embarcó y no la volvió a ver. Ya en las Américas, participa de unas cuantas batallas y se entera por boca de Diego de Almagro, que al sur del Cuzco, más allá del desierto, hay tierras inexploradas y decide partir a fundar ciudades, para dejar fama y memoria de él. Para ese momento ya mantenía una relación con Inés de Suárez y se la lleva consigo, esto sería en 1541. 


En el año 1548, luego de haber pasado muchas peripecias, intentos de asesinato, motines y rebeliones tanto de los indígenas (que no se dejaron conquistar así tan fácil) como de sus propios soldados, se encuentra Pedro de Valdivia en Lima cuando es llevado a juicio, acusado de codicia, nepotismo y amancebamiento. Es absuelto de los cargos pero se le ordena dejar a Inés de Suárez: la casa con otro o la manda a Lima de vuelta. Para no perjudicarla, la casa con un amigo suyo. Hasta ahí, vamos con la historia, porque cuando acató la sentencia, tampoco quiso quedarse solo y se trajo a Chile no a una mujer nueva como amante, sino a dos. Hoy hablaremos de la más polémica de ellas, no tanto por lo que ocurrió cuando estaba con Valdivia, sino por las cosas que hizo después; fue acusada de brujería, asesinato, maltrato a los indígenas y otras cosas. Ella fue doña María de Encío, abuela paterna de Catalina de los Ríos y Lisperguer, la Quintrala.


María de Encío Taboada y Portal Camba y Ródenas, era una mujer joven y hermosa cuando la conoció Valdivia. El conquistador había viajado al Perú buscando la confirmación de su nombramiento de Gobernador por parte de las autoridades pero se enredó en batallas peleando en favor de Pedro de la Gasca, Virrey y sacerdote quien debió aplastar una rebelión por parte de Gonzalo Pizarro. Valdivia, soldado y estratega, estuvo en el bando de los vencedores y consiguió oficializar su cargo y otras cosas. En ese tiempo conoció a María de Encío, española venida desde Galicia; su hermano Juan de Encío fue uno de los financistas para el expedición de Pedro de Valdivia, de ahí el nexo.

Según algunas fuentes, llegó a Chile en 1546 para vivir como amante de Pedro de Valdivia. Según otros, se habrían conocido con Valdivia en Perú, durante los años en que estuvo peleando por de la Gasca y mientras duraron las acusaciones en su contra.

El hecho concreto es que Valdivia viajó a Perú en 1547 y no se hace mención alguna sobre mujer española salvo de Inés de Suárez. 

Una vez emitida la sentencia absolutoria de Pedro de la Gasca, en Noviembre de 1548, Valdivia tenía seis meses para separarse de Inés, es decir, los primeros meses de 1549. Sólo cuando decide regresar el 02 de enero de 1549, se embarca en el San Cristóbal, lo hace junto con María de Encío y Juana Jiménez, ama y sirvienta, amantes ambas de él.



Vivió con Valdivia un tiempo, hasta que se supo que la esposa venía en viaje y fue casada con Gonzalo de los Ríos y Ávila Baena Mendoza Enriquez de Cisneros, un capitán de plena confianza de Valdivia, que viajó con él desde Perú, fue Mayordomo del Cabildo, Procurador y Alcalde, además de tener encomiendas y terrenos. Ella tendría alrededor de 20 años y él pasaba los 30, pero al parecer, habían diferencias entre ellos. Anteriormente, Gonzalo de los Ríos había estado casado con Catalina, una mulata (otros dicen morisca) criada de Inés de Suárez. Al tiempo después, ella consiguió anular ese matrimonio aduciendo haberse celebrado en contra de su voluntad y cuando ella no tenía edad suficiente, apenas 8 años.

El matrimonio de los Ríos y Encío fue uno de los más acaudalados de la época. Pedro de Valdivia la dotó de tierras y encomiendas por su matrimonio con Gonzalo y éste, en su calidad de conquistador y fundador, ya era hacendado. En sus terrenos se establece el primer ingenio de azúcar el país.



En 1579 el escándalo se armó en Santiago cuando doña María fue llevada a Lima, a las cárceles secreta de la Santa Inquisición porque había sido acusada, entre otras cosas, de brujería y justificar el aborto. Escencialmente, los testigos acusaban haberla escuchado decir que "si una mujer casada o doncella se sentía preñada y no de su marido, por encubrir su fama podía matar la criatura en el vientre o tomar cosas con que la echase" y aunque se lo contradijeron y reprendieron, siempre se quedó en su opinión; y que diciéndole que no azotase a unos indios, dijo: "vive Dios, que aunque venga San Francisco de el cielo , o me lo mande San Francisco, que no los tengo de dejar de azotar"; y que hacía trabajar en un ingenio de azúcar que tenía a los indios y negros los días de fiesta, y comía carne en viernes y sábado e impedía los matrimonios, y que era casada dos veces, y miraba las rayas de las manos y creía en sueños y otras supersticiones y consultaba las indias tenidas por hechiceras.

Ella se defendió diciendo que "estando para ajusticiar a un hombre, que podría otro jurar que no había hecho aquello, por salvarle la vida, y que le parecía que aquello era caridad". También confesó que había pedido a una india que le declarase si un hjo suyo que estaba en la guerra, estaba vivo o muerto. Sobre mirar las líneas de las manos, dijo que algunas veces las miraba porque había escuchado que "quien tiene una raya larga, tiene una vida larga y que no sabía cosa ninguna". Que había pedido a un fraile que casase a las indias con sus iguales y no con los negros porque ellas los mataban luego, y de esta forma había perdido 10 o 12 esclavos. Sobre su bigamia, contó qu siendo niña en España, a los cinco o seis años, le dijo su madre que la querían casar pero ella no se acordaba si las habían casado o no porque no vio clérigo ni la llevaron a la iglesia, después el novio se había ido a las Indias y no se supo más de él.


También confesó que siendo moza y habiendo su marido en amores con ciertas indias, pidió a una que le diese algo con que la quisiese mucho y ella le dio una raíz que llevó colgando en su pecho hasta que el cura confesor le dijo que era pecado. Que le había dado un empujón a un clérigo por haberla sorprendido en malos pasos y que desde hacía veinte años que ayunaba viernes y sábado.

Fue condenada a que abjurase de levi (es decir, faltas menores) y que pagase mil pesos ensayados y otras penitencias espirituales.

Lamentablemente para ella, el proceso se demoró más de lo esperado y, no teniendo dinero en Lima, lo pidió a su marido en Santiago, pero éste tardó más de un año en hacerlo llegar a Lima pese a ser administrador de las minas de oro del Marga Marga, entre otras cosas. En una solicitud de libertad bajo fianza fechada en Marzo de 1581, doña María de Encío aun está en las cárceles secretas.

Hay que señalar que de los once testigos en su contra, unos estaban ya muertos, otros no los pudieron encontrar. De los restantes, se comprobó que eran enemigos declarados de ella: uno era un fraile dominico confeso enemigo y otros fueron criados en su casa que tuvieron pleitos con ella siendo expulsados.


No se sabe exactamente cuando volvió, pero años más tarde, ya viuda, fue nuevamente acusada con escándalo. Se decía que había matado a su marido vertiendo azogue (mercurio caliente) por su oído mientras dormía, según indica el Obispo Francisco González de Salcedo, en una de sus cartas dirigidas al Consejo de Indias en 1633, recogida por Vicuña Mackenna.

Finalmente muere en 1603 "declarándose pecadora y no enuncia haber vivido como buena cristiana. Manda que su entierro sea presidido por cruz alta, que se le diga misa cantada de cuerpo presente y que su cuerpo sea acompañado por el cura y el sacristán de la Catedral de Santiago".
 



Fuentes:
- Precursora del aborto en Chile. Virginia Vidal. Revista Punto Final
- Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile. José Toribio medina
- Los Lisperguer y la Quintrala. Benjamín Vicuña Mackenna
- Historia Crítica y Social de la ciudad de Santiago. Benjamín Vicuña Mackenna
- Inés del alma mía. Isabel Allende
- Ay, mama Inés. Jorge Guzmán
- Historia de la vida privada en Chile. Rafael Sagredo
- Las mujeres en el Reyno de Chile. Sor Imelda Cano Roldán   
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